Dé_Tour [etnografía y derivas]. Investigación expandida en territorio Aconcagua

Por Metaverba / Jocelyn Muñoz Báez.

Más que nuevas críticas, son nuevas cartografías lo que necesitamos.
Cartografías no del Imperio, sino de las líneas de fuga fuera de él.
¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está fuera del mapa.
Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación.
Que no buscan decir, representar, lo que hay al interior de los diferentes
archipiélagos de la deserción, sino que nos indican cómo llegar a ellos.
(¿Cómo Hacer?, Tiqqun)

I _  Investigación expandida como experiencia artística

Si la democracia liberal chilena no ha sido más que la continuación de la dictadura por otros medios, los efectos de la devastación parecen diluirse en la superficie de lo real. Nada es más devastador que la naturalización de la violencia ejercida como poder sobre otrxs y, en este sentido, nada es más peligroso que la sumisión silenciosa a las coordenadas dictadas por un estado de excepción, guerra permanente en la que se inscriben los códigos de control y acumulación.

En este momento en el que podemos sentir el intento por esconder la vida o la inminente subsunción de la vida hacia una categoría definible como capital humano, resulta imprescindible la negación frente a esta vida capturada. La entropía no puede ser la totalidad de nuestros días, existe allí afuera un pasado que ha sido estallido de nuestras fi(a)cciones futuras. En los Andes, la historia es una constante reconstitución, es un principio vivo y se expresa en el concepto de Quip Nayra (Rivera Cusicanqui, 2015) [1], cuya traducción literal es pasado-futuro, una integración de la memoria contenida en ese pasado-futuro para caminar el presente. El concepto constituye una forma de conocimiento fundamental del pensamiento y principio andino, específicamente el aymara, así como un principio de observación no lineal en sintonía con formas de pensamiento no normativas y en negación ante el imperio del pensamiento único; su pertinencia radica en ser un recordatorio inicial acerca de cómo descolonizar la lengua y el tiempo. El Quip Nayra representa una descolonización epistémica, sin duda, a la vez que un indicio clave de la mirada precolonial, una mirada que es capaz de interrogar o evocar el pasado para dar forma al futuro. 

En este sentido, el intento de este escrito apunta a la proximidad con ese conocimiento que vibra en el pasado para visibilizar las condiciones de vida presente, así como a la negación capaz de deconstruir la operación de montaje de la historia. Esto abriría un campo de posibilidad para el pensamiento crítico desde un conocimiento que, en palabras de Francisco Varela (2000), puede entenderse como enactivo; es decir, una forma de conexión contextual que nos vuelve a integrar con el objeto de estudio o, más bien, lo diluye.

A la par de estas reflexiones, se ha ido articulando un archivo visual y documental en torno a la devastación de las formas de vida en la zona central del Chile, así como en torno a las luchas individuales y colectivas que se oponen al modelo cultural del régimen actual. A esta investigación la nombro Archivo Abyecto, valpop contra visual [2].

En principio, la voluntad de generar un archivo de la abyección implica una reflexión sobre el lugar del documento en relación a las culturas visuales y, más concretamente, a los regímenes de visualidad de los nuevos paisajes culturales en el contexto de las mutaciones geopolíticas y cognitivas del capitalismo tardío. Anclado en una historia que se remonta a las primeras fases de la colonización, el Archivo Abyecto indaga en las actuales formas de cosificación de las mercancías en tanto narrativas del progreso, la devastación de la naturaleza y la crisis interna. Así, el archivo pone su mirada en zonas políticas situadas en los bordes de la representación, intersticios sociales que han sido expropiados o están en vías de ser expropiados por las redes de infraestructura capitalista en su fase final. Como señala Anselm Jappe en su análisis Reforestar la imaginación:

Ya no vivimos en un capitalismo ascendente y triunfante, sino en un capitalismo en fase de declive. Al reducirse, el capitalismo no deja más que islas en las que aún puede funcionar una reproducción normal en términos capitalistas, mientras que cada vez más regiones del mundo se ven abandonadas a su suerte: no sólo países enteros, sino también vastas zonas en el interior de los países llamados desarrollados. (Jappe, 2015: 56)

A partir de este trabajo documentativo, la investigación expandida adquiere una dimensión fundamental como experiencia artística donde se cruzan los campos de reflexión de los estudios visuales (Brea, 2005), la dimensión política de los imaginarios urbanos (Delgado, 2007) y las estrategias de negación crítica de las prácticas contemporáneas (Brea, 2008), abriendo la posibilidad de una praxis donde el arte y la cultura visual sean mapas de ruta para observar y decodificar las coordenadas del proyecto moderno. Estos elementos, además, nos permiten discutir la pertinencia de resituar el cuerpo como un espacio de ruptura con una episteme eurocéntrica [3], interrogando las condiciones de posibilidad de la obra artística dentro de un marco de inteligibilidad occidental.

Es preciso reconectar con la dimensión abyecta de nuestros propios archivos, observar, ante todo, los mapas usados por los conquistadores para recoger los restos enterrados en la tierra de nuestra propia existencia. Mirar, una vez más, el lugar abyecto que nos permitirá comprender la convergencia de los múltiples dispositivos biopolíticos; así como el alcance de la trama global de las redes de infraestructura estratégicamente encadenadas y su estrecha relación con el avance de este desierto humano.

En el marco de esta investigación, desde la relación directa con los entornos y a partir de la memoria y el documento –murales, informes, fotografías, mapas, entre otros– la experiencia situada ha sido fundamental para articular el programa Dé_tour [etnografía y derivas] en tanto investigación expandida que se entiende cómo proceso colectivo e individual donde el cuerpo y la mirada intentan situarse más allá de la experiencia estética del paisaje. 

Observando la manera en que el capitalismo ha programado un modelo y finalmente un ecosistema que gestiona el territorio, los diversos escenarios de reorganización del mundo nos permiten repensar la noción de movilidad al interior del fenómeno turístico –entendiendo éste como parte de una red de encadenamiento global que impulsa la homogenización a partir de la diversidad–, donde la experiencia del mundo se nutre de representaciones y apropiaciones construidas que estandarizan el flujo de la experiencia.

Lo anterior termina por establecer nuevas y cada vez más específicas políticas de uso de los entornos vivos; transformando el paisaje de nuestras relaciones, prácticas, rituales e intercambios afectivos a través de pautas dirigidas desde una profunda dimensión colonialista. En este sentido, se propone cómo un estudio sobre las políticas de representación presentes en las tensiones operativas de la gobernanza capitalista, específicamente en el territorio chileno actual.

El hecho de que el viaje haya sido un componente esencial de la economía, instrumento y vector determinante de la colonización y el dominio durante las primeras cruzadas nos obliga a indagar en las imágenes que han dado forma al relato histórico de aquel viaje de conquista inicial, permitiéndonos comprender hasta qué punto este se reactualiza en el presente. En este sentido, el flujo que mueve este proyecto de arte que camina se ubica en la perspectiva de la crítica decolonial y el antidesarrollismo. A partir de la observación directa, el viaje situado ofrece la posibilidad de encarnar la experiencia del cuerpo y el tiempo en nuestras propias prácticas visuales, permitiéndonos re-pensar las capas y relaciones de poder que constituyen la morfogénesis de los modelos urbanos desde los cuáles se está reconstruyendo gran parte de la memoria social, visual y política de Abya Yala, así como las lógicas de poder que han sido necesarias para gobernar el territorio. Lógicas –estas últimas– que operan fragmentando, codificando y segregando las formas de vida, gestionando las fuerzas productivas o realizando lo que, en otras palabras, podríamos definir como la segmentarización y la separación de los cuerpos que importan de áquellos que no. 

Este escrito se propone como un despliegue de las primeras experiencias en torno a la investigación expandida y el relato de las tres derivas psicogeográficas realizadas entre el 2017 y el 2018 en la zona del bajo Aconcagua, específicamente, en el valle de Quillota, en los contornos de la ciudad de Valparaíso y en la zona costera de Puchuncaví-Ventanas. Después de describir esta zona, las derivas son descritas en tres momentos: La invención del paisaje; Flujos, márgenes y pliegues; y Sitio, memoria y lugar. El objetivo ha sido situarnos al interior de los espacios, desplazando nuestro propio habitar en ellos, indagando en la memoria y los significantes que el avance o la última avanzada del capitalismo y el neoliberalismo han hecho emerger.

II. Imaginarios neoextractivistas (región de Valparaíso como caso de estudio)

En el contexto específico de la zona central de Chile podemos observar los indicios del entrelazamiento escalar implicado en la transformación ontológica y geopolítica de la región en su totalidad. A partir de 1982, con el auge del contenedor, la ciudad puerto de Valparaíso inició un proceso de modernización mediante el cual se construyeron explanadas, se adquirió equipamiento y se cambió el sistema de operación portuaria, incorporándose finalmente el sector privado a las operaciones de movimiento de carga y descarga en el puerto chileno. Este desmantelamiento de las actividades portuarias clásicas a través de nuevos regímenes de gestión productiva desencadenó no sólo la devastación de un área de producción básica en la economía local y estatal, sino también el socavamiento de las bases que habían dibujado las relaciones sociales en la esfera pública durante todo el siglo XX y que aún hoy tensionan las dinámicas laborales y sindicales en la ciudad.

Posteriormente, a partir del nombramiento de la ciudad como Patrimonio de la Humanidad en el año 2003 por la Unesco, la emergencia de una nueva economía de servicios fortalece a la ciudad turística, provocando un escenario de profundos cambios y puntos de fricción, principalmente en relación al destino de su borde costero. Esta modernización de la actividad logístico-portuaria establece una reconfiguración territorial y un nuevo ecosistema productivo asociado a su doble dimensión como capital cultural y regional. Actualmente, Valparaíso se ubica como enlace estratégico en el contacto entre el mercado liderado por China y el Mercosur, sumado a las nuevas implicancias que traerá el eje entre Buenos Aires-Valparaíso, según la nueva segmentación que impone el mapa económico-gubernamental de IIRSA [4].

A partir de estas transformaciones –condensadas en las últimas décadas–, se advierte una reorganización a gran escala tanto de la ciudad como del extenso territorio interior de la región. Las sólidas tramas de enlace que propone IIRSA y que por ahora sólo podemos advertir cómo un futuro programado (que comienza a manifestar sus primeras consecuencias como modelo y que ha tenido variadas modificaciones a lo largo del tiempo, siendo una de las más significativas el debilitamiento de la alianza UNASUR), reorganizando Latinoamérica en 10 ejes de Integración y Desarrollo. 

Estas nuevas redes territoriales difieren enormemente con las formas de relación intercomunal prehispánicas, altamente receptivas e integradoras, cuyo gesto expansivo conocido como reciprocidad –propio del mundo andino– implicó un orden de sociabilidad y economía (precolonial) estratégica, aplicada fundamentalmente en la reproducción y la sobrevivencia como sistema cultural. Esa antigua forma social, que implicaba dar esperando una retribución equivalente al gesto, podría ser considerada como una primera fase política de complejización del entramado logístico a través del rito. Sin embargo, su diferencia radical es que ninguna avanzada expansionista precolonial puso en entredicho la vida cómo prolongación de la existencia social. Estas antiguas forma de redes viales, redes afectivas y estratégicas, configuradas como extensos corredores bioculturales permitieron el florecimiento de innumerables formas de pensamiento estético y político de carácter ahistóricos.

Esta idea toma aún más fuerza cuando se observa el entorno inmediato, por ejemplo, el espacio costero de la región de Valparaíso, perteneciente a la amplia zona del bajo Aconcagua, donde se destaca la coexistencia de múltiples escalas ecosistémicas, redes de subsistencia y prácticas extractivas. Valparaíso es parte de un corredor biológico conectado a los valles y cordilleras centrales y su espacialidad da cuenta de ese tránsito. En medio de la ciudad, se encuentra la quebrada Cabritería, ubicada entre los cerros Barón, Rodelillo y Placeres, perteneciente a un gran bosque esclerófilo autoregulado por cientos de años y que está conectado a los valles que se acercan a la costa desde el interior. Su extensión, fragmentada por la ciudad, aún permite observar su persistencia a través de miles de ciclos climáticos, ciclos que han dado forma a vidas endémicas como la Jubea Chilensis (palma), el boldo, el quillay, el peumo y una infinita variedad de plantas y hierbas que sostienen el equilibrio de otros pequeños reductos bioculturales al interior de la ciudad (Hoffman, 1998).

El vestigio de aquel gran bosque da cuenta de los grados de relación entre formas y tiempos de existencia disímiles, mediadas en la actualidad por lógicas de consumo y legibilidad que han tendido hacia un funcionamiento que explota racionalmente los ecosistemas. Esta excesiva racionalización puede entenderse desde una perspectiva escalar, donde encontramos que si bien fue el proceso de universalización lo que dibujó la forma actual de Valparaíso, fue durante la primera ola de colonización española en Chile el momento en que la bahía se transformó en ruta de salida de las mercancías humanas y no humanas extraídas de la tierra. El lugar, que en ese entonces era nombrado por sus habitantes como Alimapu, tenía una bahía donde hoy día se encuentra la plaza Echaurren, llamada bahía de Quintil. Su privilegiada situación topográfica le permitió durante el siglo XV tener una fuerte presencia en el proceso fundacional de las nuevas tierras conquistadas por Pedro de Valdivia para la corona española. En este proceso podemos encontrar dos momentos que funcionan como imágenes claves del emergente proceso de gobernanza local en los inicios de la colonia: uno es 1536, fecha en que se realiza la primera expedición de Juan de Saavedra a las costas del Océano Pacífico; el segundo momento es 1544, cuando Valdivia declara a Valparaíso como puerto de Santiago (Ugarte, 1910). A partir de aquí, ese antiguo mundo costero de la bioregión de Valparaíso ve alterada sus rutas de encadenamiento entre culturas locales y comienza a forjarse una historia de mestizaje y usurpación que ha tenido como consecuencias la pérdida de saberes y la reproducción de la violencia colonial hasta el presente. 

De acuerdo a entrevistas sostenidas con investigadores locales como el arqueólogo Charles Garceau, podemos barajar hipótesis sobre el paisaje existente a la llegada de los españoles. La amplia bahía oceánica estaba poblada en diferentes puntos por changos, pequeños grupos de indígenas pescadores y nómadas que ocupaban los valles y la costa y que dependían de Tanjalonco, señor de los indios de Quillota y del curso inferior del río Aconcagua –alrededor de este río habitaron culturas preincaicas que alcanzaron una considerable densidad de población desde por lo menos 2000 años-. Los changos fluctuaban entre las costas y los valles centrales y, mucho antes, entre el 200 AC y el 800 AC, lo hicieron las primeras comunidades alfareras Bato y Llolleo, que habitaron el curso inferior y superior del río Aconcagua. Este curso llamado del Conconcagua o Aconcagua es el punto de anclaje de ocupaciones culturales diversas y sucesivas que germinaron a los alrededores de la ruta fluvial que atraviesa de este a oeste la región de Valparaíso. 

La cultura Bato estuvo presente en toda la zona costera desde la desembocadura del río Petorca hasta al río Maipo y por el Valle Central hasta el río Cachapoal, caracterizándose por su movilidad entre los valles centrales y las costas de Con-Con, que es donde desemboca el río. La relación con el entorno estaba, al parecer, profundamente unida a este principio de movilidad o condición nómada del cuerpo y la habilidad para interrelacionarse con otras formas de vida, intercambiando recursos marinos y agrícolas o a través de influencias estéticas y prácticas culturales, principalmente con pueblos nortinos, pero también con comunidades mapuches. 

Ya a fines del siglo XV, los habitantes de los alrededores del Aconcagua hasta la costa estaban profundamente influenciados por el Imperio Inca, que, en su expansión, estableció en el valle de Quillota el centro administrativo de la wamani (provincia) de Chile. El valle fue dividido en dos sectores: el alto u oriental, llamado Aconcagua y gobernado por Michimalonco, y el bajo u occidental, denominado Chile y señoreado por Tanjalonco; estableciendo mitimaes en varios puntos de la zona. Así, los habitantes fueron adquiriendo modos de vida semisedentarios y decantó lo que se denomina actualmente como cultura Aconcagua (900 DC a 1540 DC): cultura fundamentalmente agroalfarera cuyos asentamientos costeros, aunque menos conocidos, se ubicaban de preferencia en las terrazas litorales, a cierta distancia de las playas y más próximos a las desembocaduras de ríos o esteros. 

Quillota se había convertido, hasta 1536, en el centro administrativo de la provincia incaica comprendida entre los ríos Choapa y Maipo. De acuerdo a la cartografía actualmente conocida, este gran territorio central conecta naturalmente el norte y el sur de Chile, no sólo a través de ríos y cordones montañosos, sino desde influencias culturales y estéticas que afloraron como resultado de esta primera ola de dominación por parte del Imperio Inca en Chili, a finales del siglo XV.

Durante esta gran ocupación incaica del territorio centro y sur de Abya Yala, la cultura Aconcagua fue el epicentro social y económico del Collasuyu, mayor y más austral de los suyos del Imperio incaico o Tahuantinsuyo. Este punto nodal fue sostenido en gran medida por esa forma política de conquista que los incas llamaban mitimaes o mitmaq, con etnias quichuas, aymara, diaguita, entre otras y a través de la designación de yanaq-kuna o yanaconas asignados para prestar servicios y oficios en otros territorios, como parte de la organización del Tawantinsuyu. Los mitmaq o mitimiaes fueron grupos más o menos numerosos enviados, junto con sus familias y sus propios jefes étnicos subalternos de sus lugares de origen, a otras regiones para cumplir tareas o misiones específicas (Rostworowski, 1988: 244).

Los límites del wamani de Chile, cuyo centro político se encontraba específicamente en el valle del Aconcagua, se extendían desde el valle del Choapa por el norte hasta el Maipo o el Maule por el sur. La ruta por donde se extendieron los incas partía de la zona cordillerana de Petorca al norte de la región, conectando la zona central con el Cuzco a través del camino del inca o Qhápaq Ñam, que bajaba hasta los valles centrales desde Alicahue, pasando por el punto nodal de Quillota en dirección al río Marga-Marga. Esta ruta que parte en la zona aurífera de Petorca representa hoy un punto crítico del avance del desierto hacía el territorio central de Chile y ha sido declarada zona de escasez hídrica por el MOP (Ministerio de Obras Públicas). Este punto nos permite comprender y observar el escenario distópico que se levanta a partir de la reconversión estandarizada de las formas de vida territoriales hacia estructuras propias de ciudades genéricas funcionales al capitalismo, las que, en la actualidad, viven con mayor intensidad procesos de devastación a partir de modelos extractivistas. Es el caso de la zona Puchuncaví-Ventanas en la costa de la región de Valparaíso, uno de cuyos conflictos emblemáticos y de larga data es el originado hace cinco décadas por la instalación del Complejo Industrial Ventanas. Una primera termoeléctrica propiedad de la entonces empresa estatal Chilectra se instala en 1958 y, ya en 1964, comienza a funcionar en Ventanas la primera fundición y refinería de cobre de la ENAMI (Empresa Nacional de Minería). Precisamente en las comunas de Puchuncaví y Quintero en la actualidad se cuentan alrededor de 19 empresas altamente contaminantes y a sólo 20 minutos del sector encontramos la Refinería de Petróleo de Concón, hoy Refinería Aconcagua, puesta en marcha en 1954.

Este largo período de industrialización propia del siglo XIX, con una serie de contaminaciones masivas y derrames de petróleo en la costa, ha sido la razón por la cual se ha dado impulso a una serie de movilizaciones y formas de organización política en defensa de la tierra y contra la devastación. Según Ana María Vásquez Duplat, “el extractivismo es un modelo de ocupación territorial que busca desplazar otras economías al competir por la utilización de agua, energía y otros recursos, lo que genera dinámicas territoriales excluyentes y la emergencia de nuevos lenguajes de valoración del territorio” (2015: 3-4). Estos nuevos lenguajes de valoración han rearticulado los modos de vida y la subjetividad territorial de quienes habitan la bahía, que señalan como zona de sacrificio y fue declarada en 1993 por el Ministerio de Agricultura, mediante Decreto Supremo N° 346/93, zona saturada de contaminación. 

Otros conflictos de larga data se ubican hacia el norte de la región, en la provincia de Petorca, a raíz de la crisis hídrica agravada por la usurpación y la intervención de ríos y napas subterráneas para el monocultivo de paltas y cítricos, negocio vertebral de algunas familias y empresas instaladas en los valles transversales del alto Aconcagua. En la zona de Quillota y el sector interior de Limache principalmente, la biodiversidad se ve amenazada con la anunciada instalación de la termoeléctrica Los Rulos, propiedad de la empresa israelí IC Power y la gran carretera eléctrica Cardones-Polpaico. Esta línea de transmisión eléctrica es el mayor proyecto de transmisión en Chile con una extensión de 753 kilómetros, que unirá la III Región del país con la Región Metropolitana, pasando por las regiones IV y V.

No es difícil constatar que la apariencia neutral del discurso progresista de los actuales estados-nación esconde el sesgo ideológico del modelo global de extracción y agotamiento de los sistemas vivos. Uno de los principales efectos de la dictadura cívico-militar y la posterior modernización neoliberal ha sido la sistematica cooptación y fragmentación de las debilitadas organizaciones sociales, efecto de la prolongada dictadura chilena. La política de los consensos durante las décadas posteriores generó un  falta de perspectivas frente al asfixiante discurso de desarrollo, estabilidad laboral y movilidad social. Precisamente, esta moneda de cambio es la que ha puesto en la encrucijada vital a las comunidades, hasta ahora.

 El Plan IIRSA, los proyectos asociados al Terminal 2 del puerto de Valparaíso, la instalación de termoeléctricas en zonas declaradas reservas del biósfera o la privatización del agua, son formas contemporáneas de la violenta expansión territorial, pero  sostenida por siglos bajo la lógica de una colonización permanente.

III. Tránsitos, derivas y prácticas artísticas

Ni el espacio ni el tiempo son fenómenos posibles de comprender sin el punto clave de la encarnación (Varela, Thompson y Rosch, 1999: 2), es decir, en relación situada y  activa con la experiencia del presente, donde espacio y tiempo suponen la interfaz para el movimiento continuo del devenir humano.

Sin duda, son los desplazamientos, los tránsitos, la movilidad y los procesos de intercambio y conocimiento mutuo lo que, en relación a un conjunto de fenómenos –migraciones, flujos de capitales sociales, culturales y de mercancías, pero también movimiento de mitos, discursos y sistemas de valor–, han dado forma a un complejo entramado de datos y procesos informativos que han contribuido a la acumulación del sistema mundo. Esta logística adquiere en la actualidad una dimensión en la que el mismo fenómeno político y cultural del viaje deviene transferencia de segmentos productivos, es decir, individualizadas formas de valor fluctuantes entre un lugar y otro; reificación de las relaciones que ha tenido en el capitalismo global su momento de máxima expansión, transformando profundamente la percepción del mundo según la perspectiva y el lugar material en los que nos situemos.

A partir de esta certeza, podríamos afirmar que, en principio, la modernidad colonial tuvo como objeto de dominio el viaje y la conquista, y su principal herramienta, la exploración situada. Desde ese primer acercamiento, las imágenes construidas socialmente por Occidente –desde la invasión de Abya Yala hasta las nuevas formas del colonialismo en su contexto neoliberal– resultan fundamentales no sólo para leer el pasado, sino para entender la historia del capitalismo desde la representación.

La concepción del paisaje y la invención de una nación a partir de la observación de intención científica y artística realizada por exploradores como Claudio Gay, Amado Pissis, María Graham y Charles Darwin dio origen a los primeros mapas, así como a las diversas representaciones y recreaciones del paisaje realizadas durante el siglo XIX. Digamos que las genealogías construidas para dotar de identidad al continente han sido claves en la separación o distanciamiento con el saber de las antiguas culturas preincaicas y precoloniales. Se conformó así un sistema de pensamiento único que, a partir de imaginarios cómo paisaje, naturaleza, territorio o patria, no sólo ha escrito o mapeado las formas de gobernanza, sino también la episteme del sujeto histórico que habita el presente. 

La deriva, si bien lúdica, es una técnica que permite reconocer la manera en que los diversos ambientes presentes en el tejido de una comunidad o ecosistema van estableciendo modos de relación desde un nosotras con todas las formas de vida: es decir una exploración consciente del paisaje biopolítico, pero también una deriva interna.

Las derivas psico-geográficas como herramientas exploratorias han sido utilizadas por los situacionistas para desarrollar su crítica y entender cómo las comunidades o territorios de vida no existen solo en sus delimitaciones físicas. Esta técnica nos permite conectar con narrativas que se nutren de los intersticios, zonas donde nos volvemos a encontrar para interrogar nuestra idea de cultura y dilucidar los elementos que intervienen, modifican o alteran nuestros tránsitos cotidianos. Al ser capaces de reconocer los intersticios de la psico-etno-grafía, encontramos una herramienta para cartografiar las capas que subyacen invisibles a la mirada histórica, revelando una trama genealógica que tensiona las relaciones imbricadas en un territorio determinado. 

Precisamente, la pregunta que recorre esta investigación desde el arte es acerca de las herramientas y los usos que hemos de darles, ante la necesidad de escribir y caminar la historia desde la experiencia directa, como única posibilidad de desmontaje. Repensar nociones como territorio, paisaje y naturaleza en los entornos contemporáneos ha sido una estrategia aplicada como recurso estético y político en diferentes momentos de la historia, al menos desde que se vuelve a reconocer la influencia de las transformaciones urbanas y la gestión del medio ambiente como dispositivo ideológico capaz de contener el discurso que dibuja las fronteras cognitivas en la actualidad.

Fue durante los primeros años de la década del veinte que la corriente artística dadaísta experimenta con sus visitas-excursiones a los lugares más banales de París. La Internacional Letrista y la Internacional Situacionista aparecen a finales de los años cincuenta, y durante los sesenta, su integrante Guy Debord propone la teoría de la deriva, la psicogeografía y el détournement. Prácticas artísticas que pueden entenderse como tácticas de intervención cultural, o tal como las definió la Internacional Situacionista (1999), se tratarían de  comportamientos experimentales al interior de la sociedad urbana. 

A mediados de los 1990, el grupo Stalker crea lo que denominaron transurbancias, que serían una variación de la propuesta situacionista. Estos, sólo por nombrar algunos, son los principales referentes que permiten reconocer y dibujar una trayectoria teórica y práctica del andar como una herramienta estética y también política que las primeras vanguardias utilizaron como recursos (políticos y estéticos) para accionar, conocer y actualizar el conocimiento crítico; referentes que nos estimulan a reconocer, a través del andar, aquellas zonas de conflicto, tensión y encuentro que nos encarnan, mientras recorremos y habitamos las líneas imaginarias de la geografía psicológica de los territorios y sus relieves emocionales.

Mapa zonas de conflicto extractivista. Primera visualización de rutas del proyecto Dé-Tour

IV. Dé_Tour [etnografía y derivas]. Exploraciones realizadas durante el año 2017-2018, región de Valparaíso

1. La Invención del Paisaje. Caminata y deriva junto a Cesar Valencia.

Este valle de Aconcagua es mejor y mas abundoso que todos los pasados. Tiene tres leguas de ancho por las más partes, y por otras, menos. Tiene de la syerra al mar XX leguas. Tiene ovejas y mucho mayz y algarrobales. Corre por este valle vn rrio cavdaloso. Tienen sacado los naturales XX y dos açequias grandes para rregar todas las tierras que cultiuan y sienbran. Tiene pocos yndios que no pasan de mil y quinientos. Solia aver mucha jente.
Gerónimo de Vivar. Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reinos de Chile (1558)

El río Aconcagua resulta ser mucho más que un flujo transandino que atraviesa la tierra desde las alturas de los Andes hasta llegar a la costa. Desde la visión arcaica, el río es una extensión viviente de la fuente primordial de la que somos parte; un flujo de historia infinita, diría Eliseo Reclus. El agua del río, con su particular energía en movimiento, parece ser una onda entrelazada al devenir humano cuyo destino final es el mismo. Estamos en resonancia permanente con el fluido vital, nuestra relación no es sólo en términos de recursos, tal como lo entiende hoy la pulsión extractivista en su lógica productiva, y cualquier bloqueo a esta relación contínua terminará por romper el tejido que sostiene nuestra existencia.

Hoy hablamos del avance del desierto, de la sequía, de la desertificación que amenaza la tierra norte de la región ACONCAGUA. La misma zona cordillerana de Petorca por donde pasó el Camino del Inca hasta los valles centrales, bajando desde Alicahue, y que sirvió de ruta a los colonizadores españoles es hoy una zona devastada y en resistencia permanente frente a la amenaza genocida de los especuladores del agua. Esta devastación, si bien tiene su origen en la privatización de las aguas consagrado en la Constitución de 1980 y el Código de Aguas de 1981 (Mundaca, 2014) es el resultado de una ruptura sistémica de las relaciones cooperativas y organizativas de la vida propia de las comunidades agroalfareras que habitaron la zona. 

En la primera deriva psicogeográfica hacia los valles interiores de la región, viajamos hasta Quillota, capital provincial, junto a Cesar Valencia Donoso, activista y performer, con el objetivo de observar y analizar la manera en que las ciudades contemporáneas organizan urbanizaciones estratégicas a partir de la progresiva aniquilación de los entornos y rutas biológicas. El recorrido por esta ciudad, que aún mantiene características coloniales, nos permitió una observación situada del modelo de emplazamiento urbano, que desde comienzos del siglo XXI ha modificado el uso de suelo que anteriormente tenía un uso principalmente agrícola hacía la edificación de viviendas sociales, ampliando las zonas urbanas y el tipo de edificación desde el plano horizontal hacia uno vertical. Lo que implica que una serie de estrategias (bio)políticas de ordenamiento espacial propias de la colonia (la ciudad fue fundada en 1717) como la cuadricula, la plaza de armas rodeada por lugares de encuentro cívico como la intendencia, la iglesia o la municipalidad permanezcan inalteradas, delimitando un centro rígido y un contorno cada vez más movedizo sujeto a la especulación y a la concentración de ghettos hacia las periferias. 

Como parte de las derivas, recorrimos algunos sectores relacionados con antiguos asentamientos o lugares de enterramiento indígenas de Quillota, como la Población Aconcagua norte y el sector Sargento Aldea, Aspillaga, donde se encuentra la Feria y Centro Cultural Leopoldo Silva. Tomamos como referencia el río Aconcagua, la nueva planificación urbana y su relación con asentamientos como los de la cultura Bato, Llolleo, Aconcagua.

El crimen de lesbodio de Nicole Saavedra, ocurrido en la ciudad de Limache el año 2016, su secuestro, su tortura y su silenciamiento, se inscriben dentro de un mismo orden de pensamiento único que encarna un archivo de barbarie y domesticación de siglos. Un tiempo que aniquila la diferencia y opera como matriz ideológica que se extiende con la complicidad impune de las redes de control totalizante. Cuyo poder consiste en invisibilizar los indicios de la violencia sobre el cuerpo a través de la “invención” de un margen que nos separa de la heteronorma. Ese mismo discurso articula las imágenes que resumen la vida y separa los cuerpos que importan de los que no. Se diría que la docilidad con la que se acepta la desaparición del cuerpo es la dictadura que persiste como totalidad parcial y sustancia política de la civilización, en la medida en que el odio es la expresión de la estructura patriarcal que la sostiene.

Esta ruptura responde, finalmente, a un modelo de cultura patriarcal que ha terminado por fragmentar las relaciones, volviéndolas funcionales a los intereses centrales del orden de dominación. En este sentido, la misma lógica que rige el desarrollo del capitalismo a escala local conforma el carácter estructural de la violencia patriarcal en pequeñas zonas rurales o provincias aledañas a la urbe. Allí la política sexual es regulada por una serie de códigos y prácticas conservadoras que, en su extremo más radical, han llegado a significar una verdadera caza de brujas para las disidencias.

Vistas del Sector Puente Boco, Río Aconcagua, noviembre de 2017. En su ribera se concentran las poblaciones Aconcagua Sur y Aconcagua Norte. Cruzando el río desde Quillota encontramos la bifurcación hacía el sector Rautén y Boco. El sector es abundante en transas de pasta base o churri, verde y paraguayo. Además, los domingos la ciudad se vuelva hacía la feria de cachureos, ropa, verduras y nuevas tecnologías. Observamos la débil presencia del agua y el encuentro con los sauces.
Sector Avenida Valparaíso, camino al puente Boco y el Hospital de Quillota. Sobre este muro se ha reivindicado la Memoria de Nicole Saavedra Bahamondes, lesbiana secuestrada y asesinada por la dictadura heteropatriarcal. Nicole vivía en El Melón, comuna de Los Nogales (Chile), era lesbiana y lo visibilizaba en su vida cotidiana. Nicole fue vista por última vez el sábado 18 de junio de 2016. En este muro, lesbofeministas escriben rabia y resistencia frente al lesbo odio internalizado y perpetuado por la civilización.

2. Flujos, márgenes y pliegues. La ruina, la cadena y la joya: una visita por los paisajes trans-escalares de las cadenas logísticas de Valparaíso

El giro que las economías de América Latina han dado hacia China –con el “Consenso de los Commodities” en el centro de las operaciones (Svampa, 2012)– ha situado a Valparaíso como un punto de contacto entre el mercado liderado por la potencia asiática y el Mercosur, señalando a la ciudad como uno de los puntos estratégicos en la nueva segmentación que impone el mapa económico-gubernamental de IIRSA sobre Abya Yala.

En el marco de esta investigación, se realizó un taller en el espacio de arte Mutua en diciembre del 2017, coordinado por el sociólogo e investigador Alejandro Donaire y la artista e investigadora Jocelyn Muñoz. El encuentro buscaba entregar herramientas conceptuales y metodológicas que permitieran a individuxs y grupos de investigación autónoma entender el impacto del acondicionamiento de los territorios en la composición de los escenarios sociales por venir. Para esto, se puso el foco en entender la composición ecológica del sistema portuario en Valparaíso, de manera de desenredar la trama de actores, tecnologías e infraestructuras que dan forma a este cluster logístico. Esta mirada eco-lógica pretendía comprender cómo se constituyen las escalas y dinámicas de interacción involucradas en los circuitos de mercancías, las tensiones y mismatches que se producen, y cómo las operaciones logísticas incorporan la contingencia como motor de dinamización y autorregulación. 

Posteriormente realizamos una deriva hacía los contornos de la ZEAL (Zona de Extensión de Apoyo Logístico), sistema portuario chileno que permite operaciones de flujos de carga de mercancías a través del acceso sur del puerto de Valparaíso. La iniciativa portuaria de infraestructura ZEAL se encuentra a 11 kilómetros del puerto de Valparaíso, en lo alto de la ciudad, y tiene una extensión total de 45 hectáreas. La deriva se inició subiendo por la toma Violeta Parra hasta el sector que divide la Cárcel de Alta Seguridad y el Cementerio Parque del Puerto, cruzamos el sector conocido como Camino la Pólvora perteneciente a una red de transporte integrado a través del Sistema de Transporte Inteligente (ITS). Durante este recorrido andado pudimos reconocer el denominado Camino la Pólvora que une la Ruta 68 con el terminal portuario. Esta antigua ruta fue construida en 1866, luego del bombardeo de Valparaíso por parte de una escuadra española, las autoridades de la época decidieron artillar el puerto para su defensa. Así, se construyeron varias fortificaciones en los cerros aledaños, las que debían ser abastecidas permanentemente con municiones y pólvora. Como este cargamento no podía pasar por el centro de la ciudad, debido a su peligrosidad, se construyó un sendero para mulas, el que con el tiempo se denominó Camino La Pólvora. Hasta hace sólo algunos años, este camino no era mucho más que un sendero, pero en el año 2000 se inició la construcción de un ambicioso proyecto destinado a crear un corredor bioceánico, para mover la carga proveniente de Brasil y Argentina. 

Taller teórico Flujos, márgenes y pliegues. La ruina, la cadena y la joya. Realizado en el espacio Mutua en Diciembre del 2017.
Deriva Taller Flujos, márgenes y pliegues. La ruina, la cadena y la joya: una visita por los paisajes trans-escalares de las cadenas logísticas de Valparaíso. Sector ZEAL. Diciembre 2017.

3. Sitio, Memoria y Lugar. Escritos en relación a la acción del artista Danny Reveco, “Sin tierra, Sin agua, Sin cielo”

La costa del Pacífico es una estrecha franja litoral flanqueada al este por la Cordillera de la Costa y al norte por el desierto más absoluto. Allí, bañada por la fría corriente marina de Humboldt el clima no permite la formación de nubes altas productoras de lluvias pero toda la humedad que se crea progresivamente por las brisas marítimas se estaciona a lo largo de la escarpada cordillera costera, creando un fenómeno climático característico de este litoral que se conoce como camanchaca, una neblina muy densa que posibilita la presencia de ecosistemas costeros muy ricos y de gran biodiversidad. Se dice que lxs changos, antiguas formas de vida humana asentadas en la costa norte del océano Pacífico, habitaron ese litoral desértico desde Perú a Atacama y fueron señalados, por esa especial y específica textura en la que habitaban, como camanchacos o camanchangos. Fue desde esa niebla que bajaron en pequeños grupos hasta alcanzar la zona del Aconcagua y la costa de Valparaíso. 

A la llegada de los españoles, en 1536, un grupo de changos habitaba en la costa central de Valparaíso. Más al norte, en la zona conocida hoy como Papudo, los colonizadores conocieron a Carande (cara grande), jefe de la tribu. En esa pequeña bahía, habían establecido un pequeño reducto de vida que se vio diezmado en medio de la crisis social que implicó la barbarie colonial [5].

Con la invasión española, se cancelaron más de diez mil años de relación con el mar, todo un largo proceso de acumulación de saberes, experiencias y técnicas; un arte vivo que se vio confrontado con la inmensa marea de la Historia y el progreso. En esta ruptura de las relaciones se ha terminado por definir un sujeto total o, más específicamente, un discurso total que se contrapone al tiempo mítico y no lineal de las antiguas organizaciones humanas. Este quiebre, que desde distintas esferas se recrea aún en el presente, a modo de retorno, es la producción de sentido que, sujeta a la crisis permanente de la lógica colonial sobre los cuerpos, se revitaliza o reactualiza en el dominio soberano sobre espacios de vida no humanas como el mar.

Junto al artista Danny Reveco quien elabora y proyecta la acción Sin Tierra, Sin Agua, Sin Cielo. Nos planteamos dos derivas junto a colaboradorxs y obserbadorxs: la primera de ellas se llevo a cabo en Playa Ventanas durante el mes de Febrero del 2018 en colaboración con Gustavo Pulgar y la segunda durante Julio del 2018 a Playa Boca, sector de Con-Con donde desemboca el río Aconcagua. La propuesta nos empujaba a pensar por ejemplo, ¿qué historia subterránea reúne la trayectoria de lxs navegantes nómadas del sur del mundo, aquellxs que habitaron el bosque infinito del océano, con la experiencia actual de alguien que les imagina y reconstruye una mirada sobre sus huellas? Recrear o reinterpretar en el caso particular del trabajo de Danny Reveco es hacerse cargo de las relaciones de tiempo que nos habitan. Construir nuevamente las naves y mirar la mar.

Afiche Intervención Desembocadura del Aconcagua, Danny Reveco y Programa Dé_Tour.
Sector Playa Ventanas, acción “ Sin Tierra, Sin Agua, Sin Cielo”. Febrero, 2018.
Programa Investigación Expandida Dé_Tour [etnografía y derivas] Playa Boca, Con-Con. Julio 2018.
Vista desde Playa Boca, Con-Con. Río Aconcagua, al fondo ENAP Refinería Aconcagua. Julio 2018.

Sobre la autora

Jocelyn Muñoz Báez es Magíster en Estudios de Cultura Visual por la Universidad de Barcelona y Licenciada en Artes por la Universidad de Playa Ancha. Fue cogestora de ESPACIO-G Cooperativa de Arte durante 11 años y del proyecto de cooperativa alimentaria La Lechuga. Actualmente cogestiona el espacio de arte y crítica transdiciplinar MUTUA. Sus investigaciones refieren al arte contemporáneo, la pedagogía crítica, la gestión autónoma y las culturas visuales en América Latina. Entre sus producciones destacan Archivo Abyecto, expuesto en el Centro de Documentación del Centro Cultural Palacio La Moneda el año 2016 y en el Museo de Arte Contemporáneo de Quinta Normal el año 2015;  Videografías de una nación, políticas de representación visual décadas del 80 y 90, expuesto en el CEDOC CCPLM en 2011 y en el II Encuentro Nacional de Nuevos Medios en 2013. Es coeditora del libro Del mapa a la casa / experiencias de autodeterminación en el territorio del arte (Valparaíso: CED, 2016) y autora de “Demoliendo el muro. Cultura televisiva / regímenes televisuales de los años ochenta en Chile” (en CEDOC. Ensayos sobre Artes Visuales IV. Santiago: LOM, 2015). Investigaciones en curso 2020: Dé_Tour [etnografía y deriva] y el proyecto curatorial Valle de Chili: crisis-ecopolítica-crítica en el MSSA.

www.metarchivo.cl // @de_tour_etnoderivas

Bibliografía y referencias

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  • Brea, J. L. (2008). El tercer umbral: Estatuto de las prácticas artísticas en las sociedades del capitalismo cultural. Murcia: CENDEAC.
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Notas

  • [1] Concepto aymara ampliamente revisado junto a Silvia Rivera Cusicanqui en el marco del Taller Sociología de la imagen, celebrado durante enero del 2017 en el Tambo Colectivx Ch’ixi en La Paz, Bolivia.
  • [2] Proyecto de investigación autónomo, realizado desde el 2016 a la fecha. Observa y propone a la región de Valparaíso como caso de estudio, con investigaciones y recopilación de imágenes y documentos en Ventana-Puchuncaví, Quillota, Limache, Petorca y Valparaíso.
  • [3] Siguiendo la lectura foucaultiana de episteme, podemos comprender el conjunto de relaciones que, en una época determinada, articula ciertas prácticas discursivas estableciendo las condiciones históricas de posibilidad de un discurso verdadero (Foucault, 1979).
  • [4] IIRSA: Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana; se trata de un nuevo proyecto geográfico para Sudamérica, que implica profundos cambios estructurales. A nivel mundial, es el proyecto más ambicioso de ordenamiento territorial nacido al alero de COSIPLAN (Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento). Visitar http://www.iirsa.org.
  • [5] Aunque sin lugar a dudas el quiebre social más sustancial al que se vieron enfrentados los grupos litorales en su historia fue su integración al sistema capitalista colonial a partir del siglo XVI, transformándose en una masa laboral primeramente encomendada y posteriormente asalariada, enajenando por primera vez su condición en pos de un sujeto ajeno al grupo y produciendo un giro sustancial en la naturaleza de las relaciones entre los individuos de la sociedad.

Buscando el río en la ciudad

Por Carolina Andreetti.

Para quienes vivimos en la ciudad de Buenos Aires, caminar por la ribera o navegar por sus ríos, es algo fuera de nuestra vida cotidiana, casi, un acto extraordinario. Una experiencia que nos falta en el cuerpo y que cuando ocurre, se siente como si por ese rato, viajaras a otra parte, pero en tu propia ciudad. Como la extrañeza que produce estar en un paisaje que no se habita.

Buenos Aires, fue concebida como ciudad-puerto, a orillas del Río de la Plata y del Riachuelo. Pero esas orillas, que albergaron un pasado de febril actividad naviera, deportes náuticos y balnearios ribereños, parecen hoy sólo postales perdidas.

¿Cuándo dejamos los ríos de la ciudad?  ¿Por qué los olvidamos si están tan cerca?

En la memoria porteña, como el barro amarronado de su lecho, se guardan celosamente, escenas de multitudes de bañistas en las aguas dulces del Río de la Plata. Un río que era el lugar de las vacaciones para quienes no podían irse de vacaciones, que fue escenario de amores, peleas, historias de familias o películas.
Relatos de épocas pasadas, pero no tanto, de cuando aguerridas damas en la década del ‘30 ganaban regatas internacionales en el Riachuelo, o donde obreros anarquistas practicaban el ocio en los Recreos para trabajadores. Voces apasionadas que cuentan sobre días enteros pasados en la costa, comiendo moras, asados o sandías, aprendiendo a nadar, jugando al fútbol, escuchando música, o simplemente, inventando casillas construidas con urgencia, en madera, lona o chapa para resguardarse del sol de la ribera.

Buscar los caminos al río, nos da sed de ese río perdido. Nos interpela y borra del olvido, el deseo de nuestros cuerpos mojados, de tardes de sol costero y del viento húmedo pegando en la cara. 

Alejar el horizonte

Las pronunciadas pendientes de la calle Corrientes, llegando a la Av. Alem, en el bajo porteño, me anuncian que el río está cerca y marcan la huella de que también estuvo ahí. El GPS me indica que a 4.13 km de ese punto, se encuentra la orilla más cercana. Voy tras su encuentro! Camino en dirección Este. Cruzo la Avenida Huergo, y al llegar a los Diques del Antiguo Puerto Madero, presiento el río cerca. Voy dejando atrás los edificios de aquel obsoleto puerto que fue reciclado en exclusivas residencias, hoteles internacionales, restaurants y torres altísimas. Sigo. Las arboledas son frondosas, el pasto prolijo y corto. Llego a la Avenida Costanera. Todavía puede deducirse aquel paseo señorial, con parques donde ponían mesitas de hierro fundido en las cervecerías. Sigo un poco más y encuentro una glorieta rodeada de rejas que impide que las personas bajen a la explanada, donde una escultura de un hombre con salvavidas en actitud de rescate mira a una laguna colmada de camalotes y patos. La escultura conmemora a Luis Viale quien en 1871 perdió la vida rescatando náufragos del Vapor América hundido es esa costa.
La costa está cada vez más cerca, pero aún faltan recorrer algo más de 1,5 kilómetros y varios proyectos, algunos vigentes, otros inconclusos o abandonados, que llevaron el horizonte un poco más allá. 

Vista del Balneario Costanera Sur decada del ‘60
Vista actual del Antiguo Balneario Costanera Sur

Navegar en Internet fue la fuente de mis primeras visiones del río colmado de bañistas. Fotografías, películas familiares y noticieros, en color y en blanco y negro, registraron la vida gozosa en las costas que más tarde serían abandonadas.

Una familia filma su viaje por la ciudad. Viajan en un Fitito, el popular auto de la época, y en la travesía urbana recorren la Ciudad Deportiva de la Boca y bordean la antigua Costanera Sur, en plena actividad como balneario hacia el este y como puerto, en las dársenas de Puerto Madero hacia el oeste. La costa de la ciudad era un paseo buscado por los visitantes.

Un noticiero, nos dice cómo sacarse el calor del verano porteño refrescándose en las aguas del río. Pero ya en 1975 las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires, prohíben el acceso al río y los carteles con la leyenda “Prohibido Bañarse” comienza a aparecer, sin demasiadas especificaciones sobre el tipo de contaminación que amenazaba las aguas. Poco a poco los asiduos bañistas abandonaron estas orillas y toda la costa pública.

Fuente: Atlas / Archivo

En 1978, plena dictadura militar, se iniciaron los rellenos de las aguas del Balneario en la Costanera Sur para desarrollar una ciudad judicial. Los escombros de las viviendas demolidas para la construcción de las autopistas urbanas fueron volcados como restos de hormigón, hierro y cemento para avanzar sobre la costa. Algunos años después, con la dictadura en retirada y tras una sudestada que dejó a toda la región bajo las aguas, se abandonó el proyecto.

Junto con la inundación, llegaron la flora y fauna del alto litoral y por desidia pública y afán de la naturaleza, se desarrolló en forma espontánea lo que hoy conocemos como la Reserva Ecológica Costanera sur, que se encuentra bajo protección municipal.

Fuente: Atlas / Archivo

La Costanera Sur es visitada por miles de personas semanalmente que caminan por este borde de la ciudad entre rellenos y abandonos, se sientan a mirar el horizonte, toman mate, caminan, fotografían aves y especies nativas, recogen restos de casas demolidas, juegan con el agua e intentan meterse al río hasta que algún empleado de seguridad les recuerda con el silbato que está prohibido bañarse.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

La ciudad desde el agua

La pérdida de la experiencia del agua para los habitantes de Buenos Aires, no es tan lejana, son apenas 30 o 40 años. Pero parece un siglo. Remar en el Riachuelo, ese otro emblemático río urbano, suena a cuento. Pero este deporte comenzó en su cauce. Varios clubes náuticos realizaban actividades en sus aguas, para luego re instalarse en el Delta del río Paraná. 

El Club de Regatas Almirante Brown (CRAB) es un club de remo, que hoy no tiene espacio físico, ni bajada al río, apenas un bote propio, pero rema periódicamente en el Riachuelo. La búsqueda de Puerto Piojo nos enlazó con el CRAB desde el inicio. Fueron los antiguos socios del Club quienes nos contaron las primeras historias de la playa.

AACPP Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / CRAB

Una medida judicial prohíbe toda actividad de navegación en este río por considerarlo peligroso para la salud de la población. El Riachuelo tiene un recorrido de casi 70 kilómetros  y desemboca en el Río de La Plata, dándole su nombre al antiguo barrio de La Boca. En su lecho se acumulan metales pesados y en la ribera aún podemos ver las ruinas del pasado industrial de este río y el verdor de las orillas.

EL CRAB afirma que con los remos oxigenan el agua y benefician a las especies acuáticas. ‒Que la gente se acostumbre de nuevo a vernos remar ‒dicen y haciendo uso de pedidos excepcionales, logran que Prefectura (autoridad en ríos y puertos) otorgue los permisos necesarios para que semana a semana bajen sus botes al río.

Varios años antes de conocer al CRAB, aprendí a remar. Me encontraba en el proceso de lo que tiempo después, sería Derrotero entre canales una video performance fluvial que realicé en 2011, en los canales navegables del sur de la ciudad, en el Barrio Rodrigo Bueno y en Puerto Madero. 

El Barrio Puerto Madero surgió de la reconversión de la antigua estructura portuaria en una exclusiva zona residencial bajo los vientos gentrificadores de la década del `90 y al expandirse, se hizo visible el Barrio Rodrigo Bueno, un asentamiento que desde los años ochenta crecía silenciado al costado de la Reserva Ecológica. Estos espacios cercanos y contrapuestos, albergaban canales del río. Me propuse navegarlos, replicando las formas de uso de cada lugar.

Para iniciarme en el remo, me inscribí en un club instalado en los diques de Puerto Madero, el acceso más cercano que encontré a las aguas del río. Aprendí los rudimentos del deporte, y durante varios meses fui a practicar allí. Semanalmente subía al bote, incorporando con la práctica, las maniobras de salida, giro y estabilidad. El encuentro periódico con el agua, fue moldeando la forma de las ideas para la performance. Remar cambió mi perspectiva de la ciudad, le dio sentido a la arquitectura del puerto. Deslizarme en el agua, aprender a equilibrar su cambiante estabilidad, transitar la superficie blanda y densa, y entender algo de las lógicas de la marea y del viento. 

Estar en el agua y desde ahí, mirar de nuevo el paisaje conocido.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

En el Barrio Rodrigo Bueno, una red de personas y encuentros, me conectaron con Don Viviano, un antiguo vecino del lugar. Salíamos en su bote cuando el nivel del agua lo permitía. El bote se amarraba en un muelle improvisado sobre el canal que bordea el barrio.  Los vecinos llamaban a este canal ‒formado por la salida de un inmenso caño pluvial que desagotaba justo ahí‒ Venecia..
Don Viviano, construyó su bote con maderas de obra, siguiendo los planos de otra embarcación que tenía en Paraguay. Cuando hacía buen tiempo, remaba hasta la boya, casi 300 metros a río abierto y tiraba sus líneas a la espera de un dorado.

Derivas o perderse para encontrar

2010. Una tarde tomé el colectivo 98 ramal 5, que pasa a 8 cuadras de mi casa, salí a buscar el río. Casi 2 horas después, lo encontré en la costa de Quilmes. Otro borde.

Llegué después del mediodía, había poca gente, era un día de semana, un martes o miércoles. Estaba soleado pero fresco. Creo que era el fin del invierno.

La costa de Quilmes, como la Costanera sur, fue otro famoso balneario popular en la zona sur del Río de la Plata.

Caminé por la rambla. Quise entrar al Club de pescadores para ir al baño, pero no me dejaron. Continué caminando hasta donde pude avanzar, 500 metros de vereda a la orilla del río. La costa seguía, pero todo a partir de ahí eran pastizales altos.

Había algunos pescadores con tachos de lombrices que tiraban líneas, un auto estaba estacionado casi al borde, una pareja se abrazaba entre las piedras,  un perro dormía al sol, un grupo de chicos intentaban con gomeras cazar unos patos en el horizonte inmenso. La playa era ondeada y barrosa, se veían botellas de plástico, camalotes y pañales descartables. Pasé toda la tarde ahí, sentada, mirando el río.

Chicos en el río

Puerto Piojo, la última playa de Buenos Aires.

En 2014, junto al colectivo Expediciones a Puerto Piojo, comenzamos a buscar los rastros de esta playa a orillas del Río de la Plata, en la desembocadura del Riachuelo.

Nos parecía inverosímil la idea. Lo más concreto que teníamos al iniciar la búsqueda eran las historias que nos contó Alfredo Rodríguez, fotógrafo y remero del CRAB de sus aventuras de juventud. “Se llenaba de gente, nosotros le decíamos Piojo’s Beach”, contaba Alfredo. 

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Alfredo Rodriguez

Pero poco a poco, otras personas nos contaban más historias, de cómo vecinxs de los barrios cercanos cruzaban el canal Dock Sud, o remaban por el Riachuelo hacia el Río de la Plata, giraban a la derecha y llegaban a una playa, preparados para el pic-nic, con la pelota de voley o de futbol, dispuestos a pasar todo el día en la costa.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Coco Teodori

Entonces, fuimos tras esas imágenes y relatos de quienes habían tenido una experiencia vital con el río. Llegamos por primera vez en enero de 2015, junto a Coco, otro remero del CRAB que volvió después de casi 40 años.

Primera Expedición a Puerto Piojo / Puerto Piojo TV

En la actualidad Puerto Piojo, se encuentra dentro del Polo Petroquímico, una zona de industrias petroleras y químicas, bajo la custodia de Prefectura. La playa, como todas las costas de los ríos nacionales, es un espacio público, pero las sucesivas reconfiguraciones de la ciudad la aislaron en este borde de difícil acceso físico y administrativo, y para cada visita, se debe solicitar autorización para llegar.

Son múltiples las causas del abandono de este último espacio de playa en la ciudad. Con la creciente contaminación de las aguas, el incremento de seguridad en la zona costera durante la dictadura, el avance de las empresas y la infraestructura portuaria, el acceso a la costa fue cada vez más complicado y restringido para la población.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / 5º Expedición a Puerto Piojo

Desde que iniciamos esta búsqueda, realizamos siete Expediciones a Puerto Piojo y llegamos a su playa con personas que dicen haber pasado allí los mejores años de su vida y con otras que nunca habían imaginado su existencia. También con arqueólogxs, biólogxs, curiosxs de todo tipo, urbanistas y arquitectxs, investigadorxs de arte contemporáneo, niñas y niños de un barrio cercano y otros  lejanos, ambientalistas, vecinxs expertxs en la historia de la ciudad, etc, etc.

Grabamos videos, sacamos fotos, recogimos cosas de la playa, armamos colecciones, jugamos al fútbol, nos metimos en el río, aprendimos a reconocer plantas nativas, siendo además,  testigos de la transformación permanente del paisaje. Pero lo que más hicimos hasta ahora, fue estar ahí. Estar presentes en esa playa casi imposible de habitar, tratando de hacerla nuestra por un rato más.

¡Desear con otrxs las costas públicas!

Las derivas de Expediciones a Puerto Piojo, nos enlazaron con otros grupos e iniciativas colectivas que desde diversas formas también buscaban vincularse con las orillas. Con estos intereses en común creamos en 2016 el Colectivo Ribereño. Y desde entonces,  realizamos caminatas abiertas y públicas buscando maneras y accesos para llegar a las costas de los ríos urbanos. Algunas veces lo logramos y otras no tanto.

Caminata a Isla Demarchi / Colectivo Ribereño. Leer la crónica completa.

En una de las primeras caminatas del Colectivo Ribereño, nos propusimos recorrer la llamada Isla Demarchi, que no es una isla, y se accede caminando hacia el sudeste de la Costanera Sur. Pasando por el frente del Barrio Rodrigo Bueno y la Ex Ciudad Deportiva de La Boca.

Allí fuimos en una larga caravana de peatones, por veredas y calles, alternando entre arboledas, astilleros y rejas. A pocos metros de llegar a la costa del río, nos encontramos con el estacionamiento de autos del personal de la Central Eléctrica de la ciudad, que ocupaba el único acceso hasta la orilla.

‒¿Son turistas? ‒nos preguntó una oficial de Prefectura, que no salía de su asombro por vernos en el lugar. La conversación se tornó algo tensa, al discutir sobre nuestro derecho a llegar a la costa pública del río, que la empresa impedía con el estacionamiento. 

‒Este es un lugar privado ‒afirmaba la oficial, que desconocía el Código Civil, pero custodiaba la lógica de este borde de la ciudad perdido para el uso público.Esa tarde no llegamos al río, pero igual seguimos volviendo a las costas intentando ocuparlas para recordarle a nuestros cuerpos que las orillas se acercan si continuamos buscándolas.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Colectivo Ribereño / Caminata a Costa Salguero

Sobre la autora

Carolina Andreetti se formó en artes visuales en Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es Licenciada en Artes Visuales (UNA). Su práctica artística se vincula con el espacio público, video, performance, experiencias sonoras y audiovisuales en tiempo real. Se interesa en dinámicas relacionales con la comunidad a partir de proyectos de investigación y activaciones territoriales. Desarrolla su trabajo en forma individual y en diversos proyectos colectivos. Es miembro de Circuito CINICO, TAPP,  Expediciones a Puerto Piojo y Colectivo Ribereño. Es Docente en artes visuales.

www.carolinaandreetti.com.ar

¡Puerto Piojo existe!

Por Mabel Tapia.

Es posible que Puerto Piojo existiera antes. Es posible que efectivamente hubiera habido una playa. Es posible que en esa playa hubiera habido gente tomando mate y que, sentados, pasarán la tarde contándose naderías o mirando el horizonte. Es posible que un día, Puerto Piojo haya reproducido la eterna escena de tarjeta postal. Es posible que aquellos que cuentan que estuvieron realmente estuvieron. Es posible. No es que pretendamos negar los testimonios ni los preciados recuerdos atesorados durante años pero la historia se construye en presente. Aquellas voces, aquellas escenas, eran parte de lo posible, ecos de un tiempo que se transmite entre un condicional perfecto y un pretérito pluscuanperfecto. Un tiempo que, como en los tangos, habita un pasado potencial donde lo único seguro es que es mejor. 

La incomodidad con lo posible es que se quede en posible. Sin embargo, si lo posible tiene la virtud de abrir perspectivas, todo posible no necesita, no debe actualizarse. Todos los posibles no nos pertenecen, no nos atañen; no todos nos convocan a la acción, ni deberían. Todos los posibles no; éste sí. Al menos así lo intuyó Expediciones a Puerto Piojo, incluso antes aún de conformarse como colectivo, junto con aquellos que siguieron y siguen remando en el río, de manera empecinada y sostenida, desafiando sin duda a lo posible.

Puerto Piojo existe y esta afirmación no es performativa. Ella no se constituye en acto a través de alguna función discursiva. Ella no es vehiculizada por el lenguaje como acción; aunque podría. Sin embargo, en este caso, no es en su afirmación que la existencia de Puerto Piojo se hace efectiva. Su existencia se construye, se efectúa, se confirma, a través de voces y acciones múltiples y colectivas – quizás, la única vía posible para el necesario paso al acto que distancia lo posible de su actualización en un aquí y ahora. 

Puerto piojo existe. Y esto no es sólo una proclama sino la propia expresión de un ser que se conforma muy concretamente, material e inmaterialmente, a través de expediciones y expedicionarios, a través de una flora y una fauna insospechadas, de innumerables preguntas sobre el río, de toda la burocracia para los permisos que permiten llegar hasta allí, de fragmentos de objetos, de una ballena encallada que ha sido mirada, fotografiada, comentada; de cada mirada, cada imagen, cada comentario; de los calcos realizados; de las fotografías de antaño que se superponen a este paisaje entre apocalíptico y sublime… incluso de todo aquello que no ha sido escrutado pero que se intuye… la enumeración podría, sin dudas, extenderse exponencialmente. 

Es que, de alguna manera, Expediciones a Puerto Piojo perece apostar a la enumeración, suerte de inventario sin restricciones ni institución, para asentar la existencia y proclamar esta afirmación no performativa del ser de Puerto Piojo. Puesto que, no se trata tanto de caracterizar Puerto Piojo como de hacerlo existir. No es tanto qué es Puerto Piojo como Puerto Piojo es. La enumeración emerge de una investigación en curso. Es la misma investigación, como suele suceder, que lleva la expedición allí adonde no se había imaginado. Es desde la investigación que Expediciones a Puerto Piojo construye su objeto, produce sus metodologías y sus formas de restitución: acciones, documentos, huellas, exposiciones, un museo (o quizá varios), un archivo (el Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo, AACPP), un canal de televisión en internet, otro(s) colectivo(s), nuevas-otras expediciones… Así como la enumeración que sustenta la afirmación de existencia de Puerto Piojo parece propagarse al infinito, así es que las metodologías y formas de restitución se multiplican también exponencialmente. Ciertamente cada una de las metodologías y restituciones tienen especificidades que podrían ser analizadas. Cada una tiene también su razón de ser. Sin embargo, todo intento de delimitar las fronteras entre cada una de estas formas-estrategias, tanto metodológicas como restitutivas, carecería de sentido. No son las fronteras de cada estrategia que nos interpelan sino los procesos de las mismas, los procedimientos, o, para ser más precisos, de los modos de proceder.

En esta tentativa por hacer existir, Expediciones a Puerto Piojo se confronta —y nos confronta— a un dilema intrínseco a su propio proceder y presente en el nombre del colectivo. La propia expedición. La expedición entendida como exploración geográfica, tiene una larga historia anclada en el imaginario colectivo y, en el caso de América latina, históricamente ligada a la noción, particularmente problemática, de “descubrimiento” y al proceso, absolutamente contestable, de “colonización”. Toda perspectiva colonizadora, asentada, además sobre la idea de descubrimiento excluye indefectiblemente todo posible y cualquier forma de actualización del mismo. ¿Es pensable generar posibles a través de expediciones o exploraciones? ¿Cómo explorar sin descubrir ni colonizar? Una de las respuestas que aparece subyacente en Expediciones a Puerto Piojo reside sin duda en la apuesta a la multiplicación de estrategias, estructuras e instituciones para generar formas de reposición y de reflexión que se convertirán a su vez en disparadores de nuevas pistas de investigación. Por un lado la multiplicación de formatos, recursos y estrategias llama a proponer narraciones múltiples que desarticulan todo ideal de una historia o una mirada única; por el otro, las nuevas pistas desplazan una y otra vez la reflexión y sobre todo, cualquier posible definición perenne de Puerto Piojo. Es particularmente llamativo que Expediciones a Puerto Piojo apele a las instituciones de la modernidad -como es el caso del museo- y que ellas sirvan aquí como herramientas. Es que, Expediciones a Puerto Piojo parece entender menos las instituciones que manipula como los lugares de una narración unívoca y reificada que como herramientas de restitución de la investigación en curso. Es en su multiplicación y en los múltiples desplazamientos que las metodologías y las restituciones no se estabilizan, no se cierran sobre ellas mismas. De manera a que, antes que a institucionalizar se arriesga a instituir.

Entre enumeración y multiplicación, entre institución e instituyente, Expediciones a Puerto Piojo niega finalmente toda tentativa de “descubrir” Puerto Piojo para favorecer la manifestación de su existencia, siempre en construcción y siempre en presente. ¡Puerto Piojo existe! 


Sobre la autora

Mabel Tapia es investigadora. Actualmente se desempeña como coordinadora de L’Internationale y es parte del área Museo en Red del departamento de Actividades públicas del Museo Reina Sofía. Desde el año 2016-2017 co-dirige el programa de investigación en arte «Documento y Arte contemporáneo» de EESI-Poitiers/Angoulême y ENSA-Bourges. Es integrante de la Red Conceptualismos del Sur, de la que fue coordinadora entre 2014 y 2017. Se interesa en prácticas artísticas del siglo XX y XXI caracterizadas principalmente por la desactivación de la función estética, articulando uso de archivos, propuestas heurísticas y práctica política. Participa regularmente en coloquios y medios escritos y ha trabajado en relación con diferentes instituciones, artistas y curadores en Buenos Aires y Paris. Ha coordinado el trabajo editorial de las siguientes publicaciones: Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América latina (Madrid: MNCARS, 2013 / Buenos Aires: Eduntref, 2014), Un saber realmente útil (Madrid : MNCARS, 2014), Desinventario (Santiago de Chile: Ocholibros, 2015), también ha sido co-editora (junto con Fernanda Carvajal y Mela Dávila) de Archivos del común II – El archivo anómico (Buenos Aires/Paris: Pasafronteras, 2019).