Buscando el río en la ciudad

Por Carolina Andreetti.

Para quienes vivimos en la ciudad de Buenos Aires, caminar por la ribera o navegar por sus ríos, es algo fuera de nuestra vida cotidiana, casi, un acto extraordinario. Una experiencia que nos falta en el cuerpo y que cuando ocurre, se siente como si por ese rato, viajaras a otra parte, pero en tu propia ciudad. Como la extrañeza que produce estar en un paisaje que no se habita.

Buenos Aires, fue concebida como ciudad-puerto, a orillas del Río de la Plata y del Riachuelo. Pero esas orillas, que albergaron un pasado de febril actividad naviera, deportes náuticos y balnearios ribereños, parecen hoy sólo postales perdidas.

¿Cuándo dejamos los ríos de la ciudad?  ¿Por qué los olvidamos si están tan cerca?

En la memoria porteña, como el barro amarronado de su lecho, se guardan celosamente, escenas de multitudes de bañistas en las aguas dulces del Río de la Plata. Un río que era el lugar de las vacaciones para quienes no podían irse de vacaciones, que fue escenario de amores, peleas, historias de familias o películas.
Relatos de épocas pasadas, pero no tanto, de cuando aguerridas damas en la década del ‘30 ganaban regatas internacionales en el Riachuelo, o donde obreros anarquistas practicaban el ocio en los Recreos para trabajadores. Voces apasionadas que cuentan sobre días enteros pasados en la costa, comiendo moras, asados o sandías, aprendiendo a nadar, jugando al fútbol, escuchando música, o simplemente, inventando casillas construidas con urgencia, en madera, lona o chapa para resguardarse del sol de la ribera.

Buscar los caminos al río, nos da sed de ese río perdido. Nos interpela y borra del olvido, el deseo de nuestros cuerpos mojados, de tardes de sol costero y del viento húmedo pegando en la cara. 

Alejar el horizonte

Las pronunciadas pendientes de la calle Corrientes, llegando a la Av. Alem, en el bajo porteño, me anuncian que el río está cerca y marcan la huella de que también estuvo ahí. El GPS me indica que a 4.13 km de ese punto, se encuentra la orilla más cercana. Voy tras su encuentro! Camino en dirección Este. Cruzo la Avenida Huergo, y al llegar a los Diques del Antiguo Puerto Madero, presiento el río cerca. Voy dejando atrás los edificios de aquel obsoleto puerto que fue reciclado en exclusivas residencias, hoteles internacionales, restaurants y torres altísimas. Sigo. Las arboledas son frondosas, el pasto prolijo y corto. Llego a la Avenida Costanera. Todavía puede deducirse aquel paseo señorial, con parques donde ponían mesitas de hierro fundido en las cervecerías. Sigo un poco más y encuentro una glorieta rodeada de rejas que impide que las personas bajen a la explanada, donde una escultura de un hombre con salvavidas en actitud de rescate mira a una laguna colmada de camalotes y patos. La escultura conmemora a Luis Viale quien en 1871 perdió la vida rescatando náufragos del Vapor América hundido es esa costa.
La costa está cada vez más cerca, pero aún faltan recorrer algo más de 1,5 kilómetros y varios proyectos, algunos vigentes, otros inconclusos o abandonados, que llevaron el horizonte un poco más allá. 

Vista del Balneario Costanera Sur decada del ‘60
Vista actual del Antiguo Balneario Costanera Sur

Navegar en Internet fue la fuente de mis primeras visiones del río colmado de bañistas. Fotografías, películas familiares y noticieros, en color y en blanco y negro, registraron la vida gozosa en las costas que más tarde serían abandonadas.

Una familia filma su viaje por la ciudad. Viajan en un Fitito, el popular auto de la época, y en la travesía urbana recorren la Ciudad Deportiva de la Boca y bordean la antigua Costanera Sur, en plena actividad como balneario hacia el este y como puerto, en las dársenas de Puerto Madero hacia el oeste. La costa de la ciudad era un paseo buscado por los visitantes.

Un noticiero, nos dice cómo sacarse el calor del verano porteño refrescándose en las aguas del río. Pero ya en 1975 las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires, prohíben el acceso al río y los carteles con la leyenda “Prohibido Bañarse” comienza a aparecer, sin demasiadas especificaciones sobre el tipo de contaminación que amenazaba las aguas. Poco a poco los asiduos bañistas abandonaron estas orillas y toda la costa pública.

Fuente: Atlas / Archivo

En 1978, plena dictadura militar, se iniciaron los rellenos de las aguas del Balneario en la Costanera Sur para desarrollar una ciudad judicial. Los escombros de las viviendas demolidas para la construcción de las autopistas urbanas fueron volcados como restos de hormigón, hierro y cemento para avanzar sobre la costa. Algunos años después, con la dictadura en retirada y tras una sudestada que dejó a toda la región bajo las aguas, se abandonó el proyecto.

Junto con la inundación, llegaron la flora y fauna del alto litoral y por desidia pública y afán de la naturaleza, se desarrolló en forma espontánea lo que hoy conocemos como la Reserva Ecológica Costanera sur, que se encuentra bajo protección municipal.

Fuente: Atlas / Archivo

La Costanera Sur es visitada por miles de personas semanalmente que caminan por este borde de la ciudad entre rellenos y abandonos, se sientan a mirar el horizonte, toman mate, caminan, fotografían aves y especies nativas, recogen restos de casas demolidas, juegan con el agua e intentan meterse al río hasta que algún empleado de seguridad les recuerda con el silbato que está prohibido bañarse.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

La ciudad desde el agua

La pérdida de la experiencia del agua para los habitantes de Buenos Aires, no es tan lejana, son apenas 30 o 40 años. Pero parece un siglo. Remar en el Riachuelo, ese otro emblemático río urbano, suena a cuento. Pero este deporte comenzó en su cauce. Varios clubes náuticos realizaban actividades en sus aguas, para luego re instalarse en el Delta del río Paraná. 

El Club de Regatas Almirante Brown (CRAB) es un club de remo, que hoy no tiene espacio físico, ni bajada al río, apenas un bote propio, pero rema periódicamente en el Riachuelo. La búsqueda de Puerto Piojo nos enlazó con el CRAB desde el inicio. Fueron los antiguos socios del Club quienes nos contaron las primeras historias de la playa.

AACPP Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / CRAB

Una medida judicial prohíbe toda actividad de navegación en este río por considerarlo peligroso para la salud de la población. El Riachuelo tiene un recorrido de casi 70 kilómetros  y desemboca en el Río de La Plata, dándole su nombre al antiguo barrio de La Boca. En su lecho se acumulan metales pesados y en la ribera aún podemos ver las ruinas del pasado industrial de este río y el verdor de las orillas.

EL CRAB afirma que con los remos oxigenan el agua y benefician a las especies acuáticas. ‒Que la gente se acostumbre de nuevo a vernos remar ‒dicen y haciendo uso de pedidos excepcionales, logran que Prefectura (autoridad en ríos y puertos) otorgue los permisos necesarios para que semana a semana bajen sus botes al río.

Varios años antes de conocer al CRAB, aprendí a remar. Me encontraba en el proceso de lo que tiempo después, sería Derrotero entre canales una video performance fluvial que realicé en 2011, en los canales navegables del sur de la ciudad, en el Barrio Rodrigo Bueno y en Puerto Madero. 

El Barrio Puerto Madero surgió de la reconversión de la antigua estructura portuaria en una exclusiva zona residencial bajo los vientos gentrificadores de la década del `90 y al expandirse, se hizo visible el Barrio Rodrigo Bueno, un asentamiento que desde los años ochenta crecía silenciado al costado de la Reserva Ecológica. Estos espacios cercanos y contrapuestos, albergaban canales del río. Me propuse navegarlos, replicando las formas de uso de cada lugar.

Para iniciarme en el remo, me inscribí en un club instalado en los diques de Puerto Madero, el acceso más cercano que encontré a las aguas del río. Aprendí los rudimentos del deporte, y durante varios meses fui a practicar allí. Semanalmente subía al bote, incorporando con la práctica, las maniobras de salida, giro y estabilidad. El encuentro periódico con el agua, fue moldeando la forma de las ideas para la performance. Remar cambió mi perspectiva de la ciudad, le dio sentido a la arquitectura del puerto. Deslizarme en el agua, aprender a equilibrar su cambiante estabilidad, transitar la superficie blanda y densa, y entender algo de las lógicas de la marea y del viento. 

Estar en el agua y desde ahí, mirar de nuevo el paisaje conocido.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

En el Barrio Rodrigo Bueno, una red de personas y encuentros, me conectaron con Don Viviano, un antiguo vecino del lugar. Salíamos en su bote cuando el nivel del agua lo permitía. El bote se amarraba en un muelle improvisado sobre el canal que bordea el barrio.  Los vecinos llamaban a este canal ‒formado por la salida de un inmenso caño pluvial que desagotaba justo ahí‒ Venecia..
Don Viviano, construyó su bote con maderas de obra, siguiendo los planos de otra embarcación que tenía en Paraguay. Cuando hacía buen tiempo, remaba hasta la boya, casi 300 metros a río abierto y tiraba sus líneas a la espera de un dorado.

Derivas o perderse para encontrar

2010. Una tarde tomé el colectivo 98 ramal 5, que pasa a 8 cuadras de mi casa, salí a buscar el río. Casi 2 horas después, lo encontré en la costa de Quilmes. Otro borde.

Llegué después del mediodía, había poca gente, era un día de semana, un martes o miércoles. Estaba soleado pero fresco. Creo que era el fin del invierno.

La costa de Quilmes, como la Costanera sur, fue otro famoso balneario popular en la zona sur del Río de la Plata.

Caminé por la rambla. Quise entrar al Club de pescadores para ir al baño, pero no me dejaron. Continué caminando hasta donde pude avanzar, 500 metros de vereda a la orilla del río. La costa seguía, pero todo a partir de ahí eran pastizales altos.

Había algunos pescadores con tachos de lombrices que tiraban líneas, un auto estaba estacionado casi al borde, una pareja se abrazaba entre las piedras,  un perro dormía al sol, un grupo de chicos intentaban con gomeras cazar unos patos en el horizonte inmenso. La playa era ondeada y barrosa, se veían botellas de plástico, camalotes y pañales descartables. Pasé toda la tarde ahí, sentada, mirando el río.

Chicos en el río

Puerto Piojo, la última playa de Buenos Aires.

En 2014, junto al colectivo Expediciones a Puerto Piojo, comenzamos a buscar los rastros de esta playa a orillas del Río de la Plata, en la desembocadura del Riachuelo.

Nos parecía inverosímil la idea. Lo más concreto que teníamos al iniciar la búsqueda eran las historias que nos contó Alfredo Rodríguez, fotógrafo y remero del CRAB de sus aventuras de juventud. “Se llenaba de gente, nosotros le decíamos Piojo’s Beach”, contaba Alfredo. 

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Alfredo Rodriguez

Pero poco a poco, otras personas nos contaban más historias, de cómo vecinxs de los barrios cercanos cruzaban el canal Dock Sud, o remaban por el Riachuelo hacia el Río de la Plata, giraban a la derecha y llegaban a una playa, preparados para el pic-nic, con la pelota de voley o de futbol, dispuestos a pasar todo el día en la costa.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Coco Teodori

Entonces, fuimos tras esas imágenes y relatos de quienes habían tenido una experiencia vital con el río. Llegamos por primera vez en enero de 2015, junto a Coco, otro remero del CRAB que volvió después de casi 40 años.

Primera Expedición a Puerto Piojo / Puerto Piojo TV

En la actualidad Puerto Piojo, se encuentra dentro del Polo Petroquímico, una zona de industrias petroleras y químicas, bajo la custodia de Prefectura. La playa, como todas las costas de los ríos nacionales, es un espacio público, pero las sucesivas reconfiguraciones de la ciudad la aislaron en este borde de difícil acceso físico y administrativo, y para cada visita, se debe solicitar autorización para llegar.

Son múltiples las causas del abandono de este último espacio de playa en la ciudad. Con la creciente contaminación de las aguas, el incremento de seguridad en la zona costera durante la dictadura, el avance de las empresas y la infraestructura portuaria, el acceso a la costa fue cada vez más complicado y restringido para la población.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / 5º Expedición a Puerto Piojo

Desde que iniciamos esta búsqueda, realizamos siete Expediciones a Puerto Piojo y llegamos a su playa con personas que dicen haber pasado allí los mejores años de su vida y con otras que nunca habían imaginado su existencia. También con arqueólogxs, biólogxs, curiosxs de todo tipo, urbanistas y arquitectxs, investigadorxs de arte contemporáneo, niñas y niños de un barrio cercano y otros  lejanos, ambientalistas, vecinxs expertxs en la historia de la ciudad, etc, etc.

Grabamos videos, sacamos fotos, recogimos cosas de la playa, armamos colecciones, jugamos al fútbol, nos metimos en el río, aprendimos a reconocer plantas nativas, siendo además,  testigos de la transformación permanente del paisaje. Pero lo que más hicimos hasta ahora, fue estar ahí. Estar presentes en esa playa casi imposible de habitar, tratando de hacerla nuestra por un rato más.

¡Desear con otrxs las costas públicas!

Las derivas de Expediciones a Puerto Piojo, nos enlazaron con otros grupos e iniciativas colectivas que desde diversas formas también buscaban vincularse con las orillas. Con estos intereses en común creamos en 2016 el Colectivo Ribereño. Y desde entonces,  realizamos caminatas abiertas y públicas buscando maneras y accesos para llegar a las costas de los ríos urbanos. Algunas veces lo logramos y otras no tanto.

Caminata a Isla Demarchi / Colectivo Ribereño. Leer la crónica completa.

En una de las primeras caminatas del Colectivo Ribereño, nos propusimos recorrer la llamada Isla Demarchi, que no es una isla, y se accede caminando hacia el sudeste de la Costanera Sur. Pasando por el frente del Barrio Rodrigo Bueno y la Ex Ciudad Deportiva de La Boca.

Allí fuimos en una larga caravana de peatones, por veredas y calles, alternando entre arboledas, astilleros y rejas. A pocos metros de llegar a la costa del río, nos encontramos con el estacionamiento de autos del personal de la Central Eléctrica de la ciudad, que ocupaba el único acceso hasta la orilla.

‒¿Son turistas? ‒nos preguntó una oficial de Prefectura, que no salía de su asombro por vernos en el lugar. La conversación se tornó algo tensa, al discutir sobre nuestro derecho a llegar a la costa pública del río, que la empresa impedía con el estacionamiento. 

‒Este es un lugar privado ‒afirmaba la oficial, que desconocía el Código Civil, pero custodiaba la lógica de este borde de la ciudad perdido para el uso público.Esa tarde no llegamos al río, pero igual seguimos volviendo a las costas intentando ocuparlas para recordarle a nuestros cuerpos que las orillas se acercan si continuamos buscándolas.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Colectivo Ribereño / Caminata a Costa Salguero

Sobre la autora

Carolina Andreetti se formó en artes visuales en Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es Licenciada en Artes Visuales (UNA). Su práctica artística se vincula con el espacio público, video, performance, experiencias sonoras y audiovisuales en tiempo real. Se interesa en dinámicas relacionales con la comunidad a partir de proyectos de investigación y activaciones territoriales. Desarrolla su trabajo en forma individual y en diversos proyectos colectivos. Es miembro de Circuito CINICO, TAPP,  Expediciones a Puerto Piojo y Colectivo Ribereño. Es Docente en artes visuales.

www.carolinaandreetti.com.ar

¡Puerto Piojo existe!

Por Mabel Tapia.

Es posible que Puerto Piojo existiera antes. Es posible que efectivamente hubiera habido una playa. Es posible que en esa playa hubiera habido gente tomando mate y que, sentados, pasarán la tarde contándose naderías o mirando el horizonte. Es posible que un día, Puerto Piojo haya reproducido la eterna escena de tarjeta postal. Es posible que aquellos que cuentan que estuvieron realmente estuvieron. Es posible. No es que pretendamos negar los testimonios ni los preciados recuerdos atesorados durante años pero la historia se construye en presente. Aquellas voces, aquellas escenas, eran parte de lo posible, ecos de un tiempo que se transmite entre un condicional perfecto y un pretérito pluscuanperfecto. Un tiempo que, como en los tangos, habita un pasado potencial donde lo único seguro es que es mejor. 

La incomodidad con lo posible es que se quede en posible. Sin embargo, si lo posible tiene la virtud de abrir perspectivas, todo posible no necesita, no debe actualizarse. Todos los posibles no nos pertenecen, no nos atañen; no todos nos convocan a la acción, ni deberían. Todos los posibles no; éste sí. Al menos así lo intuyó Expediciones a Puerto Piojo, incluso antes aún de conformarse como colectivo, junto con aquellos que siguieron y siguen remando en el río, de manera empecinada y sostenida, desafiando sin duda a lo posible.

Puerto Piojo existe y esta afirmación no es performativa. Ella no se constituye en acto a través de alguna función discursiva. Ella no es vehiculizada por el lenguaje como acción; aunque podría. Sin embargo, en este caso, no es en su afirmación que la existencia de Puerto Piojo se hace efectiva. Su existencia se construye, se efectúa, se confirma, a través de voces y acciones múltiples y colectivas – quizás, la única vía posible para el necesario paso al acto que distancia lo posible de su actualización en un aquí y ahora. 

Puerto piojo existe. Y esto no es sólo una proclama sino la propia expresión de un ser que se conforma muy concretamente, material e inmaterialmente, a través de expediciones y expedicionarios, a través de una flora y una fauna insospechadas, de innumerables preguntas sobre el río, de toda la burocracia para los permisos que permiten llegar hasta allí, de fragmentos de objetos, de una ballena encallada que ha sido mirada, fotografiada, comentada; de cada mirada, cada imagen, cada comentario; de los calcos realizados; de las fotografías de antaño que se superponen a este paisaje entre apocalíptico y sublime… incluso de todo aquello que no ha sido escrutado pero que se intuye… la enumeración podría, sin dudas, extenderse exponencialmente. 

Es que, de alguna manera, Expediciones a Puerto Piojo perece apostar a la enumeración, suerte de inventario sin restricciones ni institución, para asentar la existencia y proclamar esta afirmación no performativa del ser de Puerto Piojo. Puesto que, no se trata tanto de caracterizar Puerto Piojo como de hacerlo existir. No es tanto qué es Puerto Piojo como Puerto Piojo es. La enumeración emerge de una investigación en curso. Es la misma investigación, como suele suceder, que lleva la expedición allí adonde no se había imaginado. Es desde la investigación que Expediciones a Puerto Piojo construye su objeto, produce sus metodologías y sus formas de restitución: acciones, documentos, huellas, exposiciones, un museo (o quizá varios), un archivo (el Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo, AACPP), un canal de televisión en internet, otro(s) colectivo(s), nuevas-otras expediciones… Así como la enumeración que sustenta la afirmación de existencia de Puerto Piojo parece propagarse al infinito, así es que las metodologías y formas de restitución se multiplican también exponencialmente. Ciertamente cada una de las metodologías y restituciones tienen especificidades que podrían ser analizadas. Cada una tiene también su razón de ser. Sin embargo, todo intento de delimitar las fronteras entre cada una de estas formas-estrategias, tanto metodológicas como restitutivas, carecería de sentido. No son las fronteras de cada estrategia que nos interpelan sino los procesos de las mismas, los procedimientos, o, para ser más precisos, de los modos de proceder.

En esta tentativa por hacer existir, Expediciones a Puerto Piojo se confronta —y nos confronta— a un dilema intrínseco a su propio proceder y presente en el nombre del colectivo. La propia expedición. La expedición entendida como exploración geográfica, tiene una larga historia anclada en el imaginario colectivo y, en el caso de América latina, históricamente ligada a la noción, particularmente problemática, de “descubrimiento” y al proceso, absolutamente contestable, de “colonización”. Toda perspectiva colonizadora, asentada, además sobre la idea de descubrimiento excluye indefectiblemente todo posible y cualquier forma de actualización del mismo. ¿Es pensable generar posibles a través de expediciones o exploraciones? ¿Cómo explorar sin descubrir ni colonizar? Una de las respuestas que aparece subyacente en Expediciones a Puerto Piojo reside sin duda en la apuesta a la multiplicación de estrategias, estructuras e instituciones para generar formas de reposición y de reflexión que se convertirán a su vez en disparadores de nuevas pistas de investigación. Por un lado la multiplicación de formatos, recursos y estrategias llama a proponer narraciones múltiples que desarticulan todo ideal de una historia o una mirada única; por el otro, las nuevas pistas desplazan una y otra vez la reflexión y sobre todo, cualquier posible definición perenne de Puerto Piojo. Es particularmente llamativo que Expediciones a Puerto Piojo apele a las instituciones de la modernidad -como es el caso del museo- y que ellas sirvan aquí como herramientas. Es que, Expediciones a Puerto Piojo parece entender menos las instituciones que manipula como los lugares de una narración unívoca y reificada que como herramientas de restitución de la investigación en curso. Es en su multiplicación y en los múltiples desplazamientos que las metodologías y las restituciones no se estabilizan, no se cierran sobre ellas mismas. De manera a que, antes que a institucionalizar se arriesga a instituir.

Entre enumeración y multiplicación, entre institución e instituyente, Expediciones a Puerto Piojo niega finalmente toda tentativa de “descubrir” Puerto Piojo para favorecer la manifestación de su existencia, siempre en construcción y siempre en presente. ¡Puerto Piojo existe! 


Sobre la autora

Mabel Tapia es investigadora. Actualmente se desempeña como coordinadora de L’Internationale y es parte del área Museo en Red del departamento de Actividades públicas del Museo Reina Sofía. Desde el año 2016-2017 co-dirige el programa de investigación en arte «Documento y Arte contemporáneo» de EESI-Poitiers/Angoulême y ENSA-Bourges. Es integrante de la Red Conceptualismos del Sur, de la que fue coordinadora entre 2014 y 2017. Se interesa en prácticas artísticas del siglo XX y XXI caracterizadas principalmente por la desactivación de la función estética, articulando uso de archivos, propuestas heurísticas y práctica política. Participa regularmente en coloquios y medios escritos y ha trabajado en relación con diferentes instituciones, artistas y curadores en Buenos Aires y Paris. Ha coordinado el trabajo editorial de las siguientes publicaciones: Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años 80 en América latina (Madrid: MNCARS, 2013 / Buenos Aires: Eduntref, 2014), Un saber realmente útil (Madrid : MNCARS, 2014), Desinventario (Santiago de Chile: Ocholibros, 2015), también ha sido co-editora (junto con Fernanda Carvajal y Mela Dávila) de Archivos del común II – El archivo anómico (Buenos Aires/Paris: Pasafronteras, 2019).

¿Del «consenso de los commodities» al «consenso antiindígena»? Viaje al corazón de Vaca Muerta

Por Maristella Svampa.

El no reconocimiento de la responsabilidad de la Gendarmería nacional en la desaparición forzada de Santiago Maldonado, y más aún, la negación sistemática del hecho, ocurrido en una solitaria ruta de la Patagonia argentina el pasado 1º de agosto, en el marco de una protesta en reclamo por la liberación del lonko (líder) mapuche Facundo Jones Huala, ha generado en el gobierno de Mauricio Macri una inesperada crisis política. Por un lado, la desaparición puso en el tapete no solo el endurecimiento del contexto represivo, sino también el desconocimiento y la indiferencia del actual gobierno respecto de los consensos forjados en la sociedad argentina en torno de los derechos humanos, luego de la experiencia del terrorismo de Estado y la desaparición forzada de miles de personas bajo la última dictadura. Por otro lado, en medio de una enorme campaña política mediática de carácter antiindígena, la crisis terminó por dar visibilidad a los reclamos de los mapuches sobre la propiedad de las tierras, hoy en disputa.

Vaya a saber cómo evolucionará la indagación de la justicia, ante el llamado a declaración de los gendarmes presentes en la represión que culminó con la desaparición de Maldonado y cómo esto impactará en las elecciones parlamentarias de octubre, que –supuestamente– confirmarían el triunfo del oficialismo a escala nacional. En lo que respecta a los reclamos mapuches, desde el principio el oficialismo dejó en claro una estrategia política que retoma y potencia las lecturas demonizadoras de los grandes propietarios rurales, que asocia a los mapuches con la violencia e incluso el terrorismo, además de desempolvar viejas acusaciones como aquella de que «los mapuches no son argentinos, sino chilenos» o que «han exterminado a los tehuelches», los supuestamente verdaderos «originarios» de la región. La campaña de demonización está ligada a la apuesta explícita que el gobierno de Macri hizo por la profundización del modelo extractivo, basado en la explotación de combustibles no convencionales, la megaminería a cielo abierto, la multiplicación de represas hidroeléctricas y la expansión de cultivos transgénicos, a lo cual hay que añadir los emprendimientos inmobiliarios, emplazados en territorios que defienden comunidades indígenas y no indígenas, muchos de ellos en manos de propietarios extranjeros.

El caso es que desde fines de 2015 la situación de las comunidades indígenas que reclaman tierras ancestrales ha empeorado. Ha habido numerosos desalojos y varios dirigentes indígenas encarcelados en situación irregular, entre ellos el wichi Agustín Santillán, detenido y encarcelado en la provincia norteña de Formosa, contra quien se reactivaron causas anteriores, así como el dirigente mapuche Facundo Jones Huala, a quien se le atribuyen crímenes de una enorme gravedad y está en proceso el pedido de extradición de Chile. La agresiva campaña político-mediática que apunta a asociar a grupos mapuches con la violencia política, supuestamente articulada por el grupo radicalizado Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), del cual se sabe poco y se inventa mucho sin rigor investigativo alguno, arrancó a principios de año y fue nota central de dos de los principales diarios del país.

Las comunidades mapuches están repartidas por el inmenso territorio patagónico, en las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut. Después de la llamada «campaña del desierto», en 1878, que exterminó a una parte de los indígenas del sur, muchos de los sobrevivientes fueron reclasificados como «trabajadores rurales», considerados ciudadanos de segunda y arrinconados en la estepa y la cordillera, en territorios en ese entonces no valorizados por el capital.

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Añelo y Campo Maripe junto con la Confederación Mapuche de Neuquén. Se trata de una de las organizaciones indígenas más solidas y de mayor trayectoria en la Patagonia. Con el apoyo de organizaciones no gubernamentales (ONG) internacionales, ha venido desarrollando un trabajo social y político que apunta a lograr un mayor ejercicio de los derechos, así como el fortalecimiento y la difusión de su cultura. Las relaciones de la Confederación Mapuche con el poder político, económico y judicial de la provincia siempre han sido tensas. En 2006, logró un triunfo histórico, al incorporar en la reforma de la Constitución neuquina un artículo que reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas, así como el reconocimiento jurídico de las comunidades por parte del Estado provincial. Sin embargo, la realidad de los territorios atravesados por la lógica del capital extractivista está lejos de la promesa de la interculturalidad. En 2013, el Observatorio de Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas (ODHPI) destacaba que, solo para el caso de Neuquén, había 42 juicios penales (25 de ellos por el delito de usurpación), que criminalizaban a 241 mapuches por sus acciones. Estas luchas están ligadas a derechos reconocidos jurídicamente, como los reclamos de tierras y territorios, que se hallan amparados por la normativa nacional y provincial existente.

Mi presencia en el corazón de Vaca Muerta, junto con organizaciones sociales, activistas e intelectuales de variados países, estuvo vinculada a la realización de un «acto de desagravio» por el cuarto aniversario de la firma del convenio entre la multinacional Chevron y la empresa argentina Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el cual abrió las puertas al fracking a gran escala en la provincia de Neuquén. Quizá pocos lo recuerden, pero la aprobación de ese convenio por parte de la Legislatura neuquina (que debía refrendar lo firmado por el gobierno nacional entonces presidido por Cristina Fernández de Kirchner) rompió con todos los protocolos democráticos e incluso tiró por la borda la intensa retórica nacional-popular y latinoamericanista desplegada por el oficialismo de entonces. El 28 de agosto de 2013, mientras los diputados neuquinos votaban afirmativamente sin conocer la letra del convenio, fuera del recinto se desarrollaba una interminable represión –una de las peores del ciclo kirchnerista– sobre una nutrida movilización compuesta por organizaciones sociales y ambientales, comunidades mapuches, partidos políticos de izquierda y estudiantes.

Sin embargo, el kirchnerismo no estaba solo: tanto la oposición de centro como la de derecha acompañaron su decisión. Más allá de las desprolijidades, el «Consenso de los Commodities», como hemos caracterizado este periodo, proyectaba a Neuquén como la nueva «Arabia Saudita». En gran medida gracias a la imagen proyectada por Vaca Muerta (la más grande formación de shale o roca de esquisto de Argentina), tuvo la particularidad de mostrar el resistente hilo negro que une en una misma visión sobre el desarrollo a progresistas, conservadores y neoliberales. Como consecuencia, y al igual que con la soja y la megaminería, Argentina apostaría a convertirse en un laboratorio a gran escala en la implementación de una técnica tan controversial a escala global, a través de un marco regulatorio claramente inconstitucional y muy favorable a las inversiones extranjeras.

La historia no es sin embargo lineal. A partir de 2014, la caída de los precios internacionales del petróleo habría de poner freno a la fiebre eldoradista en Vaca Muerta, lo cual no impidió el inicio de un proceso de reconfiguración social y territorial, con sede en Añelo, localidad ocupada por las grandes operadoras transnacionales. Ciertamente, en Añelo todo está listo para (volver a) arrancar, cuando se dé la señal de largada; esto es, apenas aumente el precio el petróleo y proyecte un horizonte de rentabilidad la esperada inversión de las grandes corporaciones globales.

La región de Vaca Muerta está lejos de ser un «territorio vacío», tal como es concebido por las autoridades provinciales y nacionales. Allí se asientan de modo disperso unas 20 comunidades indígenas. Y en función de los derechos colectivos reconocidos por la Constitución nacional y las normativas internacionales, los mapuches están lejos también de ser meros «superficiarios», como los tildara sin sonrojarse uno de los directores de YPF, en un debate reciente. Así, a raíz de las protestas llevadas a cabo por la Confederación Mapuche, en 2014 el gobierno del Neuquén debió reconocer a la comunidad de Campo Maripe, asentada en la zona desde 1927. El territorio en disputa, señala el Observatorio Petrolero Sur, son 10.000 hectáreas, aunque el gobierno solo acepta como parte de la comunidad unas 900. Pero en esta extensión es imposible realizar las tareas de pastoreo extendido y agricultura, las dos actividades de las que viven las 120 personas que forman parte de ella.

Desde 2015, los conflictos se agravaron y son muchos los dirigentes mapuches judicializados: en julio de este año, la Gendarmería irrumpió en Campo Maripe, por pedido de YPF, para sitiar y resguardar la zona de explotación de YPF-Chevron; y hace unos días, un fiscal declaró en rebeldía a seis integrantes del lof Campo Maripe, sobre quienes pesa la acusación de «usurpar» un camino privado que conduce al yacimiento Loma Campana.

Este es un ejemplo, pero son muchos más los territorios en disputa, hoy recuperados por comunidades mapuches que alertan sobre una extendida cartografía del conflicto frente al avance de las diferentes modalidades del extractivismo y el acaparamiento de tierras. Cierto es que compañías como Chevron o Halliburton, propietarios como el británico Joseph Lewis o el grupo Benetton, se expandieron notablemente durante el ciclo progresista, pero en aquellos años el avance de la lógica depredadora del capital debía convivir con una narrativa oficialista de los derechos humanos que, aun en contra de lo que las propias políticas del kirchnerismo impulsaban, también incluía los derechos de los pueblos indígenas. No por casualidad, en 2006 y en un contexto de creciente conflictividad, se sancionó la ley 26160, que prohíbe los desalojos de las comunidades indígenas de las tierras que ocupan y ordena la realización de un relevamiento territorial.

Sin embargo, hoy el doble discurso, sus tensiones y contradicciones, parecen parte del pasado. El racismo contra los indígenas no solo sigue operando como dispositivo disciplinario y fuertemente criminalizador en las ciudades, sino que cobra nuevas dimensiones en las crecientes disputas por los territorios. La campaña antiindígena contra los mapuches es una clara ilustración, pues elimina matices y complejidades, lo que es facilitado por la mirada simplificadora y agresiva de ciertos grandes medios de comunicación. Su objetivo es claro: se trata de disociar los reclamos de los mapuches del discurso de los derechos humanos, asociándolos a la violencia y creando las bases de un consenso antiindígena que avale ante la sociedad el avance del capital sobre los territorios en disputa. A este contexto de creciente demonización se agrega que hace unos días el Senado de la Nación, con el voto activo del oficialismo y la abstención de una parte de la oposición (que incluyó al kirchnerismo), rechazó tratar con urgencia la prórroga de la ley 26160, que vence a fines de 2017.

Hoy más que nunca la prórroga de esa ley exige el fin de la indiferencia y la adopción de un compromiso decidido de la sociedad civil en apoyo de los pueblos indígenas. Esta intervención no solo permitiría desmontar el consenso antiindígena que se pretende instalar; también habilitaría un diálogo necesario y democrático con las comunidades indígenas sobre el lugar que estos pueblos deben tener en el Estado argentino. Al mismo tiempo, la intervención de la sociedad civil posibilitaría abrir el esperado debate sobre el avance de modelos de mal desarrollo en los territorios y el rol que las resistencias sociales hoy existentes tienen en defensa de la vida.


Sobre la autora

Maristella Svampa es una socióloga, escritora y activista argentina. Es investigadora en el Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina) y profesora en la Universidad Nacional de la Plata (Provincia de Buenos Aires). Participa en el Grupo Permanente de Alternativa al Desarrollo en América Latina y coordina varios grupos preocupados por temas ecológicos en Argentina. Maristella Svampa ha escrito varios libros sobre problemas políticos y sociales en América Latina.