Número 0.68

¿Qué tipo de golpe es este? / Expuestos

Expuestos, Oscura Díaz, Bogotá Colombia, noviembre 2020

Damián Cabrera (Asunción) / Oscura Díaz (Bogotá)

Asunción, octubre de 2020

A quien corresponda,

Se cumplen ocho años de la masacre de Curuguaty y del golpe de Estado en Paraguay, el último, el que destituyó a Fernando Lugo. Ocho años es una medida de tiempo que nos aproxima a la inminencia de las conmemoraciones, y tu cuerpo siente la urgencia de esa medida, avanzando vigorosa, tomando los terrenos que el cansancio dejó desprotegidos. Y el cuerpo no sabe cómo decirse, pero sobre todo los dedos. Recuperás con las manos el tiempo áspero de recordar una mañana en que las noticias te mostraron cómo un futuro posible se iba deshaciendo ante tus ojos. Eran sólo imágenes en una pantalla, reproducidas hasta el hartazgo, montadas hasta que incluso la lágrima más dura vertiera, sobre la cara, su derrame. Lloraste de rabia, de tristeza y reconociste otros llantos: el de la incredulidad, el del tedio,-es el peor de todos-, el del miedo, y sobre todo el miedo a morir de pronto. Recordás que la ilusión de unos años, quizás los más felices que viviste, también murió esa mañana, junto con once campesinos y seis policías, cuyos cuerpos heridos y suplicantes viste en la pantalla, con el fondo sonoro de una cortina de disparos.

Estás escribiendo ficción. La forma de tus relatos consolidó desde entonces una tendencia que ya estaba latente, y que en esos años encontró el vigor necesario para volverse dominante: las sintaxis deshechas, las imágenes inconexas y el desprecio del argumento son las maneras que encontró tu voz narrativa para devenir lírica, y disolverse en algo que también estaba patente en la experiencia física del tiempo. El miedo a morir se volvió una constante. Cuando pensás en la muerte, pensás en partes desperdigadas, pensás en todos los que son en vos y su concierto polifónico, pero sobre todo pensás en el tiempo y la desventura de un porvenir imposible. Por eso, necesitás una voz que conjugue y sea capaz de conjurar algo que esperar, que se corresponda con esa experiencia caótica de los significados en sus unidades menores. Hay algo nuclear ahí, y ese algo, todavía innombrable, podrá ser el centro de gravitación para todos esos fragmentos que se mueven dispersos, y que tus dedos recrean cuando escribís, hermanados en la idea de no pertenecer más.

La masacre de Curuguaty fue el verdadero golpe, ¿sabés? Lo que vino después, el golpe de Estado, el así llamado “juicio político”, no fue sino un estremecimiento colateral, la forma en que los cuerpos fueron acomodándose a partir de un impacto. Si fue meditado o accidental –el golpe– no puede ser enunciado mediante una afirmación sino mediante una pregunta, porque vos creés que fueron ambos. ¿Qué pasó en Curuguaty? Que en la masacre de Curuguaty intervino tanto el accidente que es determinado por unas condiciones y modos de relacionamientos inherentes al Estado neoliberal y extractivista, explotador de cuerpos y generador de grandes cantidades de residuos: orgánicos, químicos, industriales, minerales, edafológicos y humanos y sus lógicas policíacas para mantener separados esos residuos de las zonas higiénicas de la vida. ¿Qué pasó en Curuguaty? Que en la masacre de Curuguaty intervino también la astucia violenta de los depredadores, agazapados tras el heno de la historia esperando para dar el salto mortífero, y devolver sus uñas retráctiles al camuflaje que ofrece la maleza. ¿Qué pasó en Curuguaty? 

Hay cosas que son indistinguibles. ¿Qué es esto? ¿Es la maleza o es un depredador oculto en la maleza? ¿Es un adverbio o es un adjetivo? ¿Qué es esto?, suele escribir Gonçalo M. Tavares para establecer dicotomías y analogías. También escribe que “la fisiología es neutra porque es posible que seis hombres busquen el cuerpo de un viejo de ochenta años que desapareció de casa, que lo busquen en medio de un basurero y que pasen incluso al lado de una de sus manos de cadáver o de una pierna; y que entre esa fisiología de pierna muerta y la fisiología de un metal viejo pocas diferencias existan” [1]. ¿Qué tipo de golpe es este? Es posible que haya golpes que también posean una fisiología neutra y que desde su condición indistinguible operen sobre los cuerpos de formas ambiguas y a veces imprevisibles. Hay golpes que se propinan para imponer un desorden que desestabilice ciertos arreglos. Hubo una comida en que tu padre golpeó la mesa, y los platos levitaron por un instante, que duró menos de lo que recordás, y volvieron a caerse; se diría que casi en el mismo sitio, pero algo se había movido, y, sobre todo, el sonido viajó por las vetas de la madera y resonó en nuestras cabezas imponiendo un silencio y desarreglando cosas. ¿Te acordás de lo que significa ahogar el llanto en la garganta? Hay cosas que duelen mucho, pero eso duele mucho más. Entonces, el golpe propinado a la mesa tuvo una réplica en otro lugar. Poco importa si lo que se quería era descargar una energía sobre algo que no fuera una persona, la energía viajó y llegó. Impuso un desorden que devino la nueva organización de la vida.

El golpe de Curuguaty fue tan grande, su desorden tan catastrófico. Impactó sobre la historia de la tierra en Paraguay, cuya tenencia, acceso y distribución suponen un orden normalizado e insostenible desde la colonia hispánica, que se superpone a la colonización nacional entre los siglos XIX, XX y XXI. Este acceso a la tierra posee un enfoque extractivista que genera, como dijiste, grandes restos y multitud de residuos, entre los que se destacan la transformación de los ecosistemas a resquicio –los paisajes, la fauna, la flora–, pero también las poblaciones y sus culturas, asfixiadas por un avance imparable. Esta dinámica, que también es generadora de deportados de la tierra, también genera fantasmas, espectros ecológicos que, poco a poco, hacen su aparición en las colonias sojeras y sus satélites urbanos. El polvo, pensás, es el principal señuelo de esta desertificación, pero también el humo. Materias cuya consistencia parece inasible, y que adquieren bajo la temperatura radiante de los meses más cálidos, casi todos, la fuerza de un insoportable. Los presos y presas políticas de la masacre de Curuguaty vivieron, por su parte, una forma de cautiverio espectacularizante y moralizante que los expuso al límite de sus propias consistencias. Lucía Agüero, sobreviviente de la masacre, así lo rememora constantemente, y siente que algo de su cordura, fue perdida en todo este proceso que incluyó no sólo la presencia en la masacre, su prisión, el verse obligada a extirparse, ella misma, una bala incrustada en uno de sus muslos sino también, la muerte de su hermano. Como lo recuerdan los parientes de algunos sobrevivientes: “Cuando volvió ya no era el mismo”.

Hoy, luego de un largo proceso judicial, viciado, como el golpe –como los golpes: vale decir, el golpe también fue judicial–, los presos y presas están libres. Pero no estamos todos, dicen, falta Rubén. Rubén Villalba, uno de los líderes de la comunidad, sigue preso, encontraron, rápidamente, otras causas para mantenerlo preso; como también siguen usurpadas las tierras de Marina-Cué, hoy transformadas en reserva ecológica privada, bajo el nombre de Campos Morumbí, con el que fue bautizado por el ex-presidente del Partido Colorado, el estronista Blas N. Riquelme.

Vos también enloqueciste un poco. Recordás haberte paralizado tras los primeros días del golpe, lo sentiste en el cuerpo. Pero no así en las palabras, sobre todo en las palabras escritas. No encontraste forma de verbalizar con la lengua, cada vez más anquilosada, pero los dedos empezaron a moverse con la elocuencia de los que hilan. Entonces, al calor del momento, te pusiste a escribir, con furia, porque de pronto las palabras que tu entendimiento lento suele escamotear, se agolparon en tus manos, las únicas que poseían algún tipo de calor. Y las palabras estallaron. El golpe que desordenó algunas cosas, que te desorientó el cuerpo, también encendió unas palabras que ya estaban latentes y no tenían el canal propicio por el cual circular. Y eso también pasó, pensás, con algunas imágenes: las de artistas visuales, audiovisualistas, activistas, comunicadores, escritores que ofrecieron las lecturas más elocuentes de ese, el tiempo más álgido. Carlos Colombino, Osvaldo Salerno, Daniel Mallorquín, Hugo Giménez (Sin felicidad, Las imágenes también mueren, Fuera de campo), Ángel Yegros, Marcelo Martinessi (La voz perdida), Sandra Dinnendahl, Marcelo Medina, Yuki Yshizuka (Héroes de la dependencia), Silvana Nuovo, Ricardo Álvarez, Jorge Sáenz, Diego Pusineri, Arnaldo Cristaldo, Ruth Estigarribia, Juan Heilborn, Julio Benegas Vidallet, los Estacioneros Frente al Golpe, Golpe a golpe, verso a verso, Detrás de Curuguaty, Desmontando Curuguaty, Japiro Colectivo, Viento Fuerte, E’a.

Estás escribiendo ficción. En tus relatos, heridos profundamente en su sintaxis, algo merodea. Felinos y cánidos endémicos de los ecosistemas locales aparecen como sobrevivientes y merodeadores de las ciudades. A veces, están mimetizados entre la población. Las personas viven solas, aisladas, separadas entre sí por las fronteras de una casa, donde tratan de erigir sus pequeños dominios utópicos. Así también es tu casa, pero sobre todo el hogar de la escritura, donde levantas un techo con palabras, para protegerte de la noche, pero ésta es una cobertura tan endeble.

No todos los golpes son malos. También hay golpes de la alegría, como los que tu abuelo le daba a su televisor viejo cuando los colores desaparecían, y entonces se restituían, aunque fuera por un instante, en la hora de los dibujos animados, la felicidad de la fantasía.

En Curuguaty, en los asentamientos campesinos e indígenas, rurales y urbanos, las personas también levantan sus techos, para protegerse de la lluvia, pero sobre todo del sol implacable que domina el cielo de Paraguay. Las paredes protegen de los insectos, del viento, del polvo del humo. En realidad, no protegen contra nada. Pasaron ocho años del golpe de Curuguaty, del golpe de Estado parlamentario y del inicio del golpe judicial que impuso el arreglo del presente que vivimos. Y el presente adquirió el color soporífero y habitual de los días paraguayos en que nada pasa y la desgracia ya no produce ningún efecto que conmueva. Tus dedos demoran en moverse, porque tenés las manos frías. Te falta un golpe de color, pensás.

Damián Cabrera

Esta carta está en eco con:

Inestable. Aproximaciones poéticas a la masacre de Curuguaty

Notas

[1] Tavares, Gonçalo M. (2009). Agua, perro, cabeza, caballo. Oaxaca de Juárez, México: Almadía, p.48