Número 0.68

¿Podemos subvertir la televigilancia masiva? / Nota al pie del 2020

Nota al pie del 2020, Pedro Vargas, diciembre 2020

Angélica Muñoz (Santiago de Chile) / Pedro Vargas (Santiago de Chile)

Santiago, 27 de diciembre de 2020

Queridxs amigxs al otro lado de la cordillera, en Nueva Delhi, Londres y Beirut:

Se acerca el final de este año, 2020, un año complejo ciertamente difícil a escala planetaria, y siento que, a pesar de las distancias culturales y geográficas, nuestras batallas han sido siempre las mismas. Pero este año adquirieron velocidades e intensidades distintas, y necesito compartir con ustedes lo que ha estado pasando acá. Políticamente hablando, en Chile, que es desde donde les escribo estas palabras, el 2020 ya aparecía como un año de cambios. Veníamos de varios meses de revuelta iniciada el, ahora emblemático, 18 de Octubre -un día después del estallido en el Líbano-, y cuya principal demanda era -y es- un cambio de paradigma. La exigencia de acabar con el neoliberalismo enquistado en nuestras vidas se materializó en la lucha por una nueva constitución que representara los intereses del pueblo y no los de las élites, que concentran el poder económico y político. En las primeras manifestaciones que siguieron al estallido social del 18 de Octubre, uno de los cantos más escuchados era el que decía “Chile despertó”, una suerte de convicción de que el embrujo de la normalidad, al menos para quienes salieron a protestar, se había desvanecido. Las protestas masivas expresaron un hastío generalizado, lograron interrumpir el status quo y muchos de los viejos hábitos fueron perdiendo sentido.

El haber asumido el 2020 como un año de cambios, no quiere decir que pensáramos que iba a ser fácil; esto lo hemos conversado en otras oportunidades. En Chile, se había logrado hacer presión suficiente desde las calles para que la posibilidad de una nueva constitución entrara en la agenda de la clase política. Sin embargo, el proceso se canalizó por la vía institucional a través de un acuerdo entre partidos políticos realizado a espaldas del pueblo, prácticamente como una camisa de fuerza, lo que puso su legitimidad en duda desde el momento en que se hizo público. Así que sabíamos que íbamos a tener que pelear para que ese proceso constituyente no nos fuera arrebatado. Y sabíamos, también, de la violencia desproporcionada con la que el gobierno había reaccionado ya en los primeros meses de revuelta: brutalidad policial, víctimas de estallido ocular, muertxs, presxs políticos; en suma, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, que nos alertaban sobre la envergadura de esa lucha. Lo que no pudimos anticipar fue la llegada de una pandemia a nivel global. 

Aquí, el virus llegó en un momento en el que la revuelta social se estaba reactivando. Y, si el “Estado de Excepción Constitucional de Emergencia”, invocado después del estallido social, creó el escenario propicio para aprobar una serie de leyes que criminalizaron la protesta y para poner en marcha la agenda de seguridad del gobierno, el “Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe por Calamidad Pública”, decretado debido a la pandemia, vino a cerrar el cerco para instalar una teledistopía. De este modo, la militarización del territorio que habito, bautizado como “Zona Cero” durante la revuelta —en los alrededores de la Plaza de la Dignidad— tuvo una nueva justificación: el cumplimiento de la cuarentena. La cuarentena convirtió este barrio en una especie de pueblo fantasma por meses. Así, helicópteros, guanacos (carros lanza aguas), zorrillos (lanza gases) y piquetes policiales, dieron paso a drones, cámaras de alto alcance, cámaras con tecnología de reconocimiento facial y cámaras con visión térmica [1], y al imperativo de pedir permiso en la “comisaría virtual” para poder salir de nuestras casas. 

Me preocupa sobremanera la velocidad con la que se está implementando un Estado de vigilancia permanente. Hoy somos testigxs de cómo se intenta desarticular el tejido social, aumentando los niveles de control y explotación, a cualquier costo, a través del régimen de las pantallas. Teletrabajo, aprendizaje a distancia y televigilancia; contigo adentro y afuera de tu casa… ¿Cómo hacerles frente? Pienso en una cita de Herbert Marcuse en su libro Un ensayo para la liberación, que dice: “¿Es preciso todavía declarar que el aparato de represión no es la tecnología, ni la máquina, sino la presencia, en ellas, de los amos que determinan su número, su duración, su poder, su lugar en la vida y la necesidad que uno experimenta de ellas?” [2]. En esto creo que estoy con Marcuse: que no nos nublen la vista; el problema no son las telecomunicaciones, ni los dispositivos tecnológicos, ni internet por sí solos, sino el uso que se hace de ellos como dispositivos de control para invadir nuestra privacidad y, sobre todo, para coartar nuestra capacidad de organización colectiva. Por supuesto, no podemos olvidar que además esos dispositivos están cautivos en un modelo de negocios al servicio del capitalismo, y lo que se promueve es su uso de forma abusiva y adictiva.

Hace unos meses atrás vi una entrevista a Naomi Klein en el noticiario Democracy Now! (Sé que algunxs de ustedes también la vieron). Ahí, Klein hablaba del “screen new deal”, una suerte de doctrina del shock, pero digital, siendo aplicada a escala global, gracias a las condiciones creadas por la pandemia. Supongo que también han podido percibir cómo, las distintas formas de teletrabajo, han sido un laboratorio de experimentación con todxs quienes hemos tenido la posibilidad y el privilegio de pasar la cuarentena en casa y con acceso a internet. Mientras, aumentaba la brecha con quienes debieron salir a trabajar sin resguardo alguno, con lxs que perdieron su trabajo y quedaron totalmente desprotegidxs, además de quienes no son consideradxs ciudadanxs y lxs que no tienen hogar donde pasar el encierro. Si ya hacíamos trabajo gratis estando en las redes sociales, el régimen del teletrabajo nos convirtió en una fuente de extracción a mayor escala, siendo parte de un experimento preparatorio que empobrece la calidad de nuestros vínculos interpersonales, pero beneficia a los gigantes de las compañías high-tech haciéndolos más ricos. Mi temor es que, si no hacemos nada, este sea el cambio de paradigma que se termine imponiendo.

En cuanto a la pandemia, mucho se ha hablado de la abstracción de la muerte en este período, principalmente porque parece no haber imágenes capaces de acompañar las cifras entregadas a diario, sin caer en lo grotesco. Se habla de aplanar la curva como si las cifras que la componen fueran números vacíos, sin nombre, sin rostro; de esa forma es más fácil no comprometerse con la magnitud de la tragedia, no buscar a lxs responsables del mal manejo, de la necropolítica de los Estados que han velado por los intereses de las élites económicas antes que por las vidas de sus pueblos, explicitando que en su lógica algunas vidas valen más que otras. 

A mediados de junio de este año, en pleno peak de la pandemia, tuve la oportunidad de ver un registro de la obra Muerte digital, del artista Pedro Vargas Ruiz. Pedro trabaja con realidad virtual y nos habíamos reunido para conversar sobre posibles estrategias que pusieran la tecnología que él maneja a disposición de la comunidad. Si bien, con respecto a esto, en la reunión no llegamos a nada concreto, fue en ese contexto que me compartió un link para ver los primeros minutos de la obra.

Aún recuerdo la impresión fuerte que me causó el video: absorta frente a la pantalla, procesando, al mismo tiempo, una emoción difícil, incómoda, y una operación intelectual que me mostraba cómo se estaba instalando, a la fuerza, un nuevo paradigma capaz de invadir los espacios más íntimos e inesperados de nuestras vidas. Muerte digital expone un funeral por videollamada que se realizó en medio de la pandemia del COVID-19 en Santiago de Chile, momento en el que, por motivos sanitarios, se aplicaba un estricto protocolo para los funerales presenciales de las víctimas del virus. Una experiencia de realidad virtual, en la cual el audio de la llamada se integra a un formato digital con estética de video juego, que recrea la habitación del fallecido -un tío de Pedro- y por la que es posible navegar en tiempo real mientras se escuchan las voces de los familiares que asistieron al “funeral digital”. 

Al inicio, escuchamos un ir y venir de preguntas y respuestas entre personas de distintas edades (se nota en las voces, algunas más quebradas que otras por el dolor). Los intercambios versan sobre quiénes se van a conectar a la videollamada y cómo pueden hacerlo quienes que no tienen la aplicación; sobre cómo unirse aceptando un link y las alternativas que ofrece una aplicación de mensajería para sumar más personas; sobre si se escucha y/o se ve bien, si “mutear” el micrófono o qué hacer con las conexiones que son más lentas–todas maniobras necesarias para poder “asistir” a la ceremonia–. Intercambios que concluyen con la afirmación “es la única manera que en estos momentos tenemos de estar reunidos”. Estas palabras resuenan en el ámbito de un nuevo cotidiano porque, de una forma u otra, este año a todxs nos ha tocado descubrir o aprender a conectarnos de esta otra manera. 

Lo que yo vi (y lo que ustedes pueden ver en este enlace [3]) es una captura en video de la experiencia en realidad virtual que lxs espectadorxs puede tener, ya sea a través de un navegador web o de un casco de realidad virtual, cuando la obra se presenta en formato de instalación. Así que la experiencia cambia dependiendo del formato. Digamos que la realidad virtual, al ser una tecnología inmersiva, ofrece una experiencia más intensa que un registro en video. No obstante, recuerdo que el video me dejó atónita. No solo porque unx no espera ver expuesto un momento íntimo y doloroso como ese, sino porque, en realidad, mi atención se concentró en aquello que los diálogos estaban testimoniando: el desafío que implica, para las generaciones no alfabetizadas digitalmente, el tener que aprender sobre la marcha cómo usar las distintas aplicaciones de mensajería y de videollamadas, e incluso improvisar, en este caso, un funeral. En este sentido, la obra se vuelve un documento. A su modo, casi una instantánea de los alcances de ese nuevo paradigma que nos están imponiendo como única alternativa posible. Después de ver la obra me pregunto, si efectivamente esta experiencia virtual, la videollamada, cuenta como un cierre, como una despedida, o si se erige más bien como un límite.

Muerte digital también hace visible otro proceso de abstracción de la vida y de la muerte que parece pasar inadvertido, uno que ocurre entre el espacio del 0 y el 1. Mientras escuchamos las voces de lxs asistentes a la ceremonia y frente a la ausencia de un cuerpo físico, vemos el avatar de un hombre, impávido, al interior de una habitación. Pero esta imagen no es del tío de Pedro, es el scan 3D de una persona real que puede comprarse en una biblioteca en línea. Un mercado emergente que, irónicamente, inmortaliza a quien vende la imagen de su cuerpo, pero permaneciendo en el espacio digital desde una suerte de anonimato. Esto no deja de ser interesante, sin embargo, la muerte que me preocupa, a propósito del video, no tiene que ver tanto con la producción de imágenes, sino más bien con la extinción de la privacidad. La poética en la obra de Pedro es cruda, pero no por eso la pregunta que instala deja de ser importante: ¿Se está convirtiendo la muerte en un espacio más de adoctrinamiento? 

Cuando pienso en la magnitud que está alcanzando este proceso, gracias al manejo que se está haciendo de la pandemia, no puedo dejar de preguntarme, y de preguntarles: ¿vamos a dejar que las interacciones y los espacios de la afectividad corporal, tan fundamentales para construir comunidad y para la organización social, sean capturados por una pantalla, y además, en beneficio del capital? ¿Nos vamos a conformar con que todo intento de privacidad sea vigilado con sospecha, e incluso criminalizado? Sin duda existen estrategias de autodefensa digital que podemos aplicar a nivel individual, pero ¿Es posible subvertir la televigilancia en la misma escala en la que está siendo desplegada para oprimirnos? ¿Cómo podemos hacerlo desde la micro y la macropolítica? En Chile, ad portas del proceso para escribir una nueva constitución, cabe preguntarnos si un marco jurídico que proteja la privacidad individual es garantía suficiente, y qué rol le vamos a asignar a las telecomunicaciones, a internet, en este nuevo proyecto de sociedad. 

Durante la revuelta aquí, surgieron diversos modos de solidaridad, y uno de ellos ha sido el trabajo de alfabetización y autodefensa digital que distintxs colectivxs están haciendo para apoyar a integrantes de asambleas y otras organizaciones territoriales. Fundamental está siendo un trabajo realizado por el Colectivo Disonancia [4]. A través de sus talleres, infografías en redes sociales, la puesta a disposición de herramientas de libre acceso y la promoción del desarrollo de cartografías críticas contra el control social, el Colectivo Disonancia está dando algunas luces sobre cómo hacer frente a la embestida para criminalizar y desarticular a las organizaciones territoriales autónomas. Tanto ellxs como otrxs autores, señalan que la organización colectiva para superar la vigilancia masiva es crucial. De forma concreta, plantean optar por la autonomía de las propias comunicaciones y, si bien, parece difícil en un futuro cercano, lo creen posible desde una óptica comunitaria y como esfuerzo colectivo. Asimismo, hacen énfasis en que la emancipación tecnológica por sí sola parece un horizonte incompleto si no se persigue también la emancipación del capitalismo como forma de dominación.

¿Lo creen posible en sus territorios?, ¿lo creen posible en el estado de organización en que se encuentran sus comunidades? A menudo siento que la mediación digital de la gran mayoría de nuestras actividades diarias es abrumadora, y que es muy difícil, por no decir imposible, dejar de percibirla como una amenaza. Pero también pienso que eso se debe a que responde a la lógica del capital. Frente a un inminente cambio de paradigma, creo que urge imaginar un nuevo rol para las tecnologías digitales que vaya en estrecha relación con el deseo de libertad. En este sentido, sabias son las palabras de Silvia Federici cuando nos dice “Si todo lo que conocemos y anhelamos es lo que produjo el capitalismo, entonces no hay esperanza alguna de un cambio cualitativo”[4]. Así que lo pregunto de este modo: ¿qué función pueden tener las tecnologías digitales en una sociedad no capitalista?, ¿cómo pueden ser nuestras aliadas en los procesos de transformación de la sociedad que estamos fraguando? Pienso que, si lo que queremos es un cambio radical, tenemos que desenmarcar ese ejercicio del imaginario que se nos ha impuesto, de lo contrario el fantasma de la dependencia que tenemos con las tecnologías va a seguir acechando nuestros espacios de libertad.

Me despido con esta reflexión y les mando un abrazo fraterno!

Angélica

Nota al pie del 2020, Pedro Vargas, diciembre 2020

Esta carta está en eco con:

Tanto lo uno como lo otro: entre la cultura digital y el pensar con los pies en la tierra

Notas

[1] Sistema de Teleprotección a nivel nacional. Documento de la Subsecretaría de Prevención del Delito. http://www.seguridadpublica.gov.cl/media/2019/07/Sistemas-de-Teleproteccion.pdf 

[2] Herbert Marcuse, Ensayo sobre la liberación, Mexico DF, Editorial Joaquín Mortiz, 1969, p. 19.

[3] Pedro Vargas Ruiz, Muerte digital, Santiago de Chile, 2020.

[4] Los trabajos del colectivo disonancia se pueden ver aquí: https://colectivodisonancia.net/

[5] Silvia Federici, Reencantar el mundo: el feminismo y la política de los comunes, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tinta Limón, 2020, p. 266.