Número 0.68

No volveremos a la normalidad

Henry Ramírez (California)

Queridos amigos-amigas de caminada, peregrinos de la vida y la memoria,

en estos tiempos se hace cada vez menos común comunicarnos a través de cartas. Los mensajes “instantáneos”, cortos y concretos, han empezado a ser nuestra forma de expresarnos.    

Pero también en estos tiempos de pandemia estamos redescubriendo el valor de la comunicación interpersonal, del encuentro familiar, reconociendo las verdaderas amistades y valorando la solidaridad como actitud necesaria en la sociedad.

Les escribo en estos momentos, en los que muchos hablan de distanciamiento social (yo prefiero hablar de distanciamiento físico) y otros hablan de volver a la normalidad, aunque muchos nos preguntamos: ¿cuál normalidad? Lo cierto es que hoy necesitamos fortalecer nuestra comunicación y nuestra proximidad social-comunitaria y por ello he decidido escribirles esta carta. 

Muchas veces, nuestras acciones expresan todo lo contrario de lo que decimos con nuestras palabras; deseamos hacer el bien, pero terminamos haciendo el mal y reproduciendo prácticas opresoras e injustas. Es necesario que aprendernos a mirarnos a nosotros mismos y hacer de la autocrítica un estilo de vida. Esta carta quiere ser -es- un ejercicio de autocritica, para caminar hacia la coherencia.


El COVID-19 evidenció lo que viene ocurriendo hace décadas con enfermedades que son curables y que han cobrado millones de vidas. La realidad es que no existen servicios de salud para los pobres. La salud, la educación, los medios de comunicación han dejado de ser derechos y se han convertido en productos del mercado. La falsa idea de la libertad forjada en el capitalismo nos tiene atados y no nos deja reconocer que es necesario transformar el modelo económico. A diario sigo recibiendo noticias de Colombia y de otros lugares del mundo que narran el sistemático asesinato de lideres y lideresas sociales. Campesinos, campesinas, indígenas y defensores de derechos humanos siguen siendo asesinados por evidenciar y denunciar lo que ocurría desde antes de esta pandemia.    

La actual pandemia, ha evidenciado entre otras cosas, que los gobiernos han tomado sus decisiones basados en criterios económicos que buscan beneficiar a sus financiadores; no les importa sacrificar a miles de personas, por lo mismo, no les interesa para nada conservar los valores democráticos. 

Cada vez más, se evidencia que no son los Estados los que gobiernan nuestros países. Las grandes consorcios económicos legales e ilegales se han convertido en el real poder que gobierna, financian campañas electorales, crean nuevas legislaciones y hacen que los gobernantes tomen decisiones para favorecer sus intereses. Han utilizado esta pandemia para seguir imponiendo sus agendas y robusteciendo sus capitales. 

La soberbia de los poderosos les hace creer que son los dueños de este mundo, creyendo que en “el poder” y “el tener” está la felicidad, cuando la verdadera felicidad está en disfrutar cada detalle de la vida, a partir de las relaciones armónicas que podamos establecer con todos los seres vivos, valorando lo que recibimos y compartiendo lo que tenemos.

Por otro lado, la conciencia sobre el autocuidado, es un principio que todavía no se ha asumido, estamos lejos de asumirlo como una práctica militante, por eso muchas personas sólo asumen las normas de  protección y bioseguridad respondiendo a medidas represivas de tipo policial o económico, no como una opción de protección, sino porque nos obligan. 

Estamos en tiempos de crisis, donde las malas noticias parecieran ser las únicas que llegan, muchos la están pasando mal, lloran la pérdida de sus seres queridos, otros luchan por mantener con vida a quienes aman. El confinamiento ha agudizado la exclusión económica de muchas familias, ya que trabajaban y ganaban su sustento día al día. Con las medidas represivas y sin garantías económicas, su situación se ha vuelto más precaria. Hoy, más que nunca, debemos expresar nuestra solidaridad en los pequeños detalles para sostener la esperanza.

Eso no quiere decir que resguardarse y hacer silencio en la seguridad del hogar no sea una opción, porque la quietud y la soledad nos pueden permitir encontrar la fuerza para continuar y darnos cuenta que tenemos quién nos apoye, aunque parezca que estamos solos y que todo está perdido.  

Enfrentarnos a la enfermedad, a la muerte, a las precariedades económicas y otras situaciones que desafían nuestra esperanza en estos tiempos de pandemia, nos invita a crecer como seres humanos y a reconocer el dolor de miles de personas. Es una oportunidad para hacer que el ser humano nuevo nazca y que construya relaciones fraternas y solidarias para afrontar los desafíos de la vida.

Los asesinatos, los dolores de familia y la enfermedad de nuestros seres queridos nos han de recordar lo frágiles que somos y lo valioso de nuestras relaciones, por ello, cuidarlas ha de ser nuestra misión. Fortalecer nuestros lazos de familia y la solidaridad con el que sufre, debe ser nuestra prioridad. La distancia es física pero no del corazón. Hoy, más que nunca, construiremos proximidad humana y familiar. Por eso esta carta tiene la firme intensión de entablar una comunicación con ustedes para compartir y discernir juntos y juntas los caminos a seguir. 

No volveremos a la normalidad, sino que nos debemos aventurar a reconstruir mejor este mundo, porque esta crisis evidenció que nuestra sociedad no estaba funcionando bien.

Si bien es cierto que no podemos controlar todas las circunstancias que rodean nuestra vida, sí podemos asumir nuestro compromiso histórico. Ellas no pueden determinar absolutamente nuestras decisiones, porque, a pesar de todo, podemos ser artesanos de nuestra propia existencia, nuestras vidas no pueden estar en manos de los poderosos sino en aquel que es la esperanza, la dignidad y la justicia.

El camino de la inclusión requiere de procesos de transformación personal y social, que implican asumir el servicio como principio de vida. No en tanto conquista del poder, que busca los primeros puestos para gobernar como si fuéramos los dueños de este mundo. No se trata de pelear por estar en los mejores lugares, sino por servir para que nadie quede excluido, para que nadie se quede atrás.

Pensar en un mundo mejor parece una ilusión; pensar que las cosas pueden cambiar, un imposible. Sin embargo las pequeñas acciones y el deseo profundo de transformación pueden hacer que, poco a poco, y sin darnos cuenta, el mundo vaya transformándose, haciendo de la solidaridad, el camino que la humanidad va tomando para construir una ciudadanía global.

Porque volver a la “normalidad” de la exclusión, de la destrucción de los ecosistemas, de la precarización de los empleos, de la militarización de los territorios y las conciencias, no puede ser nuestra opción. Nuestra opción es la vida digna, donde todos los seres nos reconozcamos sin estigmatización ni señalamientos. Porque no se trata de volver a la normalidad. Se trata de reconstruir mejor, se trata de reparar el daño causado asumiendo nuestras responsabilidades y exigiendo nuestros derechos. Porque otro mundo es posible, porque seguimos existiendo personas soñadoras, militantes de la vida.

A ustedes mis amigos y amigas, hermanos y hermanas, peregrinos y peregrinas de este camino de la memoria -sin olvidar el pasado y, menos repetirlo-,  les invito a seguir caminando para (re?)construir esos puentes que este modelo económico ha derribado. Construir caminando y caminando, tejiendo los lazos del amor eficaz, que nos harán comunidades propositivas y resilientes ante esta pandemia que no sólo es la de la COVID-19, es también la pandemia de la exclusión y la marginación

Desde la distancia física pero desde la proximidad del corazón y las opciones comunes, me despido esperando sus respuestas para que podamos continuar este dialogo epistolar que pareciera llamado a desparecer, pero que en estos momentos, se hace urgente retomarlo. 

Fraternalmente,

Henry Ramírez Soler

Esta carta está en eco con:

Colombia, ¿cuáles son los silencios de la democracia?