Ecologías de la acción Número 0.6

Buscando el río en la ciudad

Por Carolina Andreetti.

Para quienes vivimos en la ciudad de Buenos Aires, caminar por la ribera o navegar por sus ríos, es algo fuera de nuestra vida cotidiana, casi, un acto extraordinario. Una experiencia que nos falta en el cuerpo y que cuando ocurre, se siente como si por ese rato, viajaras a otra parte, pero en tu propia ciudad. Como la extrañeza que produce estar en un paisaje que no se habita.

Buenos Aires, fue concebida como ciudad-puerto, a orillas del Río de la Plata y del Riachuelo. Pero esas orillas, que albergaron un pasado de febril actividad naviera, deportes náuticos y balnearios ribereños, parecen hoy sólo postales perdidas.

¿Cuándo dejamos los ríos de la ciudad?  ¿Por qué los olvidamos si están tan cerca?

En la memoria porteña, como el barro amarronado de su lecho, se guardan celosamente, escenas de multitudes de bañistas en las aguas dulces del Río de la Plata. Un río que era el lugar de las vacaciones para quienes no podían irse de vacaciones, que fue escenario de amores, peleas, historias de familias o películas.
Relatos de épocas pasadas, pero no tanto, de cuando aguerridas damas en la década del ‘30 ganaban regatas internacionales en el Riachuelo, o donde obreros anarquistas practicaban el ocio en los Recreos para trabajadores. Voces apasionadas que cuentan sobre días enteros pasados en la costa, comiendo moras, asados o sandías, aprendiendo a nadar, jugando al fútbol, escuchando música, o simplemente, inventando casillas construidas con urgencia, en madera, lona o chapa para resguardarse del sol de la ribera.

Buscar los caminos al río, nos da sed de ese río perdido. Nos interpela y borra del olvido, el deseo de nuestros cuerpos mojados, de tardes de sol costero y del viento húmedo pegando en la cara. 

Alejar el horizonte

Las pronunciadas pendientes de la calle Corrientes, llegando a la Av. Alem, en el bajo porteño, me anuncian que el río está cerca y marcan la huella de que también estuvo ahí. El GPS me indica que a 4.13 km de ese punto, se encuentra la orilla más cercana. Voy tras su encuentro! Camino en dirección Este. Cruzo la Avenida Huergo, y al llegar a los Diques del Antiguo Puerto Madero, presiento el río cerca. Voy dejando atrás los edificios de aquel obsoleto puerto que fue reciclado en exclusivas residencias, hoteles internacionales, restaurants y torres altísimas. Sigo. Las arboledas son frondosas, el pasto prolijo y corto. Llego a la Avenida Costanera. Todavía puede deducirse aquel paseo señorial, con parques donde ponían mesitas de hierro fundido en las cervecerías. Sigo un poco más y encuentro una glorieta rodeada de rejas que impide que las personas bajen a la explanada, donde una escultura de un hombre con salvavidas en actitud de rescate mira a una laguna colmada de camalotes y patos. La escultura conmemora a Luis Viale quien en 1871 perdió la vida rescatando náufragos del Vapor América hundido es esa costa.
La costa está cada vez más cerca, pero aún faltan recorrer algo más de 1,5 kilómetros y varios proyectos, algunos vigentes, otros inconclusos o abandonados, que llevaron el horizonte un poco más allá. 

Vista del Balneario Costanera Sur decada del ‘60
Vista actual del Antiguo Balneario Costanera Sur

Navegar en Internet fue la fuente de mis primeras visiones del río colmado de bañistas. Fotografías, películas familiares y noticieros, en color y en blanco y negro, registraron la vida gozosa en las costas que más tarde serían abandonadas.

Una familia filma su viaje por la ciudad. Viajan en un Fitito, el popular auto de la época, y en la travesía urbana recorren la Ciudad Deportiva de la Boca y bordean la antigua Costanera Sur, en plena actividad como balneario hacia el este y como puerto, en las dársenas de Puerto Madero hacia el oeste. La costa de la ciudad era un paseo buscado por los visitantes.

Un noticiero, nos dice cómo sacarse el calor del verano porteño refrescándose en las aguas del río. Pero ya en 1975 las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires, prohíben el acceso al río y los carteles con la leyenda “Prohibido Bañarse” comienza a aparecer, sin demasiadas especificaciones sobre el tipo de contaminación que amenazaba las aguas. Poco a poco los asiduos bañistas abandonaron estas orillas y toda la costa pública.

Fuente: Atlas / Archivo

En 1978, plena dictadura militar, se iniciaron los rellenos de las aguas del Balneario en la Costanera Sur para desarrollar una ciudad judicial. Los escombros de las viviendas demolidas para la construcción de las autopistas urbanas fueron volcados como restos de hormigón, hierro y cemento para avanzar sobre la costa. Algunos años después, con la dictadura en retirada y tras una sudestada que dejó a toda la región bajo las aguas, se abandonó el proyecto.

Junto con la inundación, llegaron la flora y fauna del alto litoral y por desidia pública y afán de la naturaleza, se desarrolló en forma espontánea lo que hoy conocemos como la Reserva Ecológica Costanera sur, que se encuentra bajo protección municipal.

Fuente: Atlas / Archivo

La Costanera Sur es visitada por miles de personas semanalmente que caminan por este borde de la ciudad entre rellenos y abandonos, se sientan a mirar el horizonte, toman mate, caminan, fotografían aves y especies nativas, recogen restos de casas demolidas, juegan con el agua e intentan meterse al río hasta que algún empleado de seguridad les recuerda con el silbato que está prohibido bañarse.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

La ciudad desde el agua

La pérdida de la experiencia del agua para los habitantes de Buenos Aires, no es tan lejana, son apenas 30 o 40 años. Pero parece un siglo. Remar en el Riachuelo, ese otro emblemático río urbano, suena a cuento. Pero este deporte comenzó en su cauce. Varios clubes náuticos realizaban actividades en sus aguas, para luego re instalarse en el Delta del río Paraná. 

El Club de Regatas Almirante Brown (CRAB) es un club de remo, que hoy no tiene espacio físico, ni bajada al río, apenas un bote propio, pero rema periódicamente en el Riachuelo. La búsqueda de Puerto Piojo nos enlazó con el CRAB desde el inicio. Fueron los antiguos socios del Club quienes nos contaron las primeras historias de la playa.

AACPP Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / CRAB

Una medida judicial prohíbe toda actividad de navegación en este río por considerarlo peligroso para la salud de la población. El Riachuelo tiene un recorrido de casi 70 kilómetros  y desemboca en el Río de La Plata, dándole su nombre al antiguo barrio de La Boca. En su lecho se acumulan metales pesados y en la ribera aún podemos ver las ruinas del pasado industrial de este río y el verdor de las orillas.

EL CRAB afirma que con los remos oxigenan el agua y benefician a las especies acuáticas. ‒Que la gente se acostumbre de nuevo a vernos remar ‒dicen y haciendo uso de pedidos excepcionales, logran que Prefectura (autoridad en ríos y puertos) otorgue los permisos necesarios para que semana a semana bajen sus botes al río.

Varios años antes de conocer al CRAB, aprendí a remar. Me encontraba en el proceso de lo que tiempo después, sería Derrotero entre canales una video performance fluvial que realicé en 2011, en los canales navegables del sur de la ciudad, en el Barrio Rodrigo Bueno y en Puerto Madero. 

El Barrio Puerto Madero surgió de la reconversión de la antigua estructura portuaria en una exclusiva zona residencial bajo los vientos gentrificadores de la década del `90 y al expandirse, se hizo visible el Barrio Rodrigo Bueno, un asentamiento que desde los años ochenta crecía silenciado al costado de la Reserva Ecológica. Estos espacios cercanos y contrapuestos, albergaban canales del río. Me propuse navegarlos, replicando las formas de uso de cada lugar.

Para iniciarme en el remo, me inscribí en un club instalado en los diques de Puerto Madero, el acceso más cercano que encontré a las aguas del río. Aprendí los rudimentos del deporte, y durante varios meses fui a practicar allí. Semanalmente subía al bote, incorporando con la práctica, las maniobras de salida, giro y estabilidad. El encuentro periódico con el agua, fue moldeando la forma de las ideas para la performance. Remar cambió mi perspectiva de la ciudad, le dio sentido a la arquitectura del puerto. Deslizarme en el agua, aprender a equilibrar su cambiante estabilidad, transitar la superficie blanda y densa, y entender algo de las lógicas de la marea y del viento. 

Estar en el agua y desde ahí, mirar de nuevo el paisaje conocido.

Derrotero entre Canales / Video Performace Fluvial 2011

En el Barrio Rodrigo Bueno, una red de personas y encuentros, me conectaron con Don Viviano, un antiguo vecino del lugar. Salíamos en su bote cuando el nivel del agua lo permitía. El bote se amarraba en un muelle improvisado sobre el canal que bordea el barrio.  Los vecinos llamaban a este canal ‒formado por la salida de un inmenso caño pluvial que desagotaba justo ahí‒ Venecia..
Don Viviano, construyó su bote con maderas de obra, siguiendo los planos de otra embarcación que tenía en Paraguay. Cuando hacía buen tiempo, remaba hasta la boya, casi 300 metros a río abierto y tiraba sus líneas a la espera de un dorado.

Derivas o perderse para encontrar

2010. Una tarde tomé el colectivo 98 ramal 5, que pasa a 8 cuadras de mi casa, salí a buscar el río. Casi 2 horas después, lo encontré en la costa de Quilmes. Otro borde.

Llegué después del mediodía, había poca gente, era un día de semana, un martes o miércoles. Estaba soleado pero fresco. Creo que era el fin del invierno.

La costa de Quilmes, como la Costanera sur, fue otro famoso balneario popular en la zona sur del Río de la Plata.

Caminé por la rambla. Quise entrar al Club de pescadores para ir al baño, pero no me dejaron. Continué caminando hasta donde pude avanzar, 500 metros de vereda a la orilla del río. La costa seguía, pero todo a partir de ahí eran pastizales altos.

Había algunos pescadores con tachos de lombrices que tiraban líneas, un auto estaba estacionado casi al borde, una pareja se abrazaba entre las piedras,  un perro dormía al sol, un grupo de chicos intentaban con gomeras cazar unos patos en el horizonte inmenso. La playa era ondeada y barrosa, se veían botellas de plástico, camalotes y pañales descartables. Pasé toda la tarde ahí, sentada, mirando el río.

Chicos en el río

Puerto Piojo, la última playa de Buenos Aires.

En 2014, junto al colectivo Expediciones a Puerto Piojo, comenzamos a buscar los rastros de esta playa a orillas del Río de la Plata, en la desembocadura del Riachuelo.

Nos parecía inverosímil la idea. Lo más concreto que teníamos al iniciar la búsqueda eran las historias que nos contó Alfredo Rodríguez, fotógrafo y remero del CRAB de sus aventuras de juventud. “Se llenaba de gente, nosotros le decíamos Piojo’s Beach”, contaba Alfredo. 

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Alfredo Rodriguez

Pero poco a poco, otras personas nos contaban más historias, de cómo vecinxs de los barrios cercanos cruzaban el canal Dock Sud, o remaban por el Riachuelo hacia el Río de la Plata, giraban a la derecha y llegaban a una playa, preparados para el pic-nic, con la pelota de voley o de futbol, dispuestos a pasar todo el día en la costa.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Archivo Coco Teodori

Entonces, fuimos tras esas imágenes y relatos de quienes habían tenido una experiencia vital con el río. Llegamos por primera vez en enero de 2015, junto a Coco, otro remero del CRAB que volvió después de casi 40 años.

Primera Expedición a Puerto Piojo / Puerto Piojo TV

En la actualidad Puerto Piojo, se encuentra dentro del Polo Petroquímico, una zona de industrias petroleras y químicas, bajo la custodia de Prefectura. La playa, como todas las costas de los ríos nacionales, es un espacio público, pero las sucesivas reconfiguraciones de la ciudad la aislaron en este borde de difícil acceso físico y administrativo, y para cada visita, se debe solicitar autorización para llegar.

Son múltiples las causas del abandono de este último espacio de playa en la ciudad. Con la creciente contaminación de las aguas, el incremento de seguridad en la zona costera durante la dictadura, el avance de las empresas y la infraestructura portuaria, el acceso a la costa fue cada vez más complicado y restringido para la población.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / 5º Expedición a Puerto Piojo

Desde que iniciamos esta búsqueda, realizamos siete Expediciones a Puerto Piojo y llegamos a su playa con personas que dicen haber pasado allí los mejores años de su vida y con otras que nunca habían imaginado su existencia. También con arqueólogxs, biólogxs, curiosxs de todo tipo, urbanistas y arquitectxs, investigadorxs de arte contemporáneo, niñas y niños de un barrio cercano y otros  lejanos, ambientalistas, vecinxs expertxs en la historia de la ciudad, etc, etc.

Grabamos videos, sacamos fotos, recogimos cosas de la playa, armamos colecciones, jugamos al fútbol, nos metimos en el río, aprendimos a reconocer plantas nativas, siendo además,  testigos de la transformación permanente del paisaje. Pero lo que más hicimos hasta ahora, fue estar ahí. Estar presentes en esa playa casi imposible de habitar, tratando de hacerla nuestra por un rato más.

¡Desear con otrxs las costas públicas!

Las derivas de Expediciones a Puerto Piojo, nos enlazaron con otros grupos e iniciativas colectivas que desde diversas formas también buscaban vincularse con las orillas. Con estos intereses en común creamos en 2016 el Colectivo Ribereño. Y desde entonces,  realizamos caminatas abiertas y públicas buscando maneras y accesos para llegar a las costas de los ríos urbanos. Algunas veces lo logramos y otras no tanto.

Caminata a Isla Demarchi / Colectivo Ribereño. Leer la crónica completa.

En una de las primeras caminatas del Colectivo Ribereño, nos propusimos recorrer la llamada Isla Demarchi, que no es una isla, y se accede caminando hacia el sudeste de la Costanera Sur. Pasando por el frente del Barrio Rodrigo Bueno y la Ex Ciudad Deportiva de La Boca.

Allí fuimos en una larga caravana de peatones, por veredas y calles, alternando entre arboledas, astilleros y rejas. A pocos metros de llegar a la costa del río, nos encontramos con el estacionamiento de autos del personal de la Central Eléctrica de la ciudad, que ocupaba el único acceso hasta la orilla.

‒¿Son turistas? ‒nos preguntó una oficial de Prefectura, que no salía de su asombro por vernos en el lugar. La conversación se tornó algo tensa, al discutir sobre nuestro derecho a llegar a la costa pública del río, que la empresa impedía con el estacionamiento. 

‒Este es un lugar privado ‒afirmaba la oficial, que desconocía el Código Civil, pero custodiaba la lógica de este borde de la ciudad perdido para el uso público.Esa tarde no llegamos al río, pero igual seguimos volviendo a las costas intentando ocuparlas para recordarle a nuestros cuerpos que las orillas se acercan si continuamos buscándolas.

AACPP / Archivo Abierto y Colaborativo Puerto Piojo / Colectivo Ribereño / Caminata a Costa Salguero

Sobre la autora

Carolina Andreetti se formó en artes visuales en Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es Licenciada en Artes Visuales (UNA). Su práctica artística se vincula con el espacio público, video, performance, experiencias sonoras y audiovisuales en tiempo real. Se interesa en dinámicas relacionales con la comunidad a partir de proyectos de investigación y activaciones territoriales. Desarrolla su trabajo en forma individual y en diversos proyectos colectivos. Es miembro de Circuito CINICO, TAPP,  Expediciones a Puerto Piojo y Colectivo Ribereño. Es Docente en artes visuales.

www.carolinaandreetti.com.ar